7. El 8 de diciembre siempre enferma. La Virgen y Jesús me hablan

7. El 8 de diciembre siempre enferma. La Virgen y Jesús me hablan

Todos los años [1911-1914], yo estaba enferma el ocho de diciembre tanto que creían que me moría. A los doce años, me dio membrana. El ocho de diciembre estuve a la muerte. Mi mamá creyó que me moría, porque una tía mía murió de eso y yo la tenía peor que ella. Esta tía mía murió a los doce años. Era una santa desde chica. Para hacer penitencias se echaba piedras en los zapatos, se azotaba con ramas de espinas hasta que quedaba llena de sangre. En su última enfermedad, cuando los doctores iban con pinzas a sacarle las telas de la garganta que se le formaban, ella tomaba las pinzas y las besaba diciendo: “Estos son los instrumentos que me llevan al cielo”. Y después tomaba su crucifijo y decía: “Doctores, ahora háganme lo que quieran”. Cuando llegó la hora de la muerte, pidió perdón a mis abuelitos y después a todos, y que la dispensaran por las incomodidades de la enfermedad. Luego quedó en éxtasis y dijo: «¡Qué grande, qué‚ inmenso es Dios!» y se quedó muerta con la sonrisa en los labios. Pero yo no me parecía a ella. Todavía no merecía el cielo y Nuestro Señor no me llevó.

En 1913 tuve una fiebre espantosa. En este tiempo, Nuestro Señor me llamaba para Sí; pero yo no hacía caso de su voz. Y entonces, el año pasado me envió apendicitis, lo que me hizo oír su voz querida que me llamaba para hacerme esposa más tarde en el Carmelo.

Mi devoción a la Virgen era muy grande. Un día, yo – que tenía mucha pena por una cosa – le conté a la Virgen y le rogué por la conversión de un pecador. Entonces me contestó Ella. Desde entonces, la Virgen cuando la llamo, me habla. Una vez le pregunté una duda que tenía. Entonces me contestó una voz. Yo dije: «esta no es la voz de mi madre, porque no me puede decir esto». La llamé‚ y me dijo que el demonio me había contestado. Yo tuve miedo. Entonces me dijo que le preguntara cuando sintiera la voz: «¿Eres Tú, Madre mía?». Y así lo hago siempre. Cada vez que quería saber una cosa se lo preguntaba y siempre lo que me decía salía cierto. Mi ataque de apendicitis me hizo agravarme con lo que tuve que estar en cama y me sacaron del colegio, por lo que yo estuve muy contenta.

Un día estaba sola yo en mi cuarto. Con la enfermedad me había puesto tan regalona que no podía estar sola. El día a que me refiero, la Lucita estaba enferma y la Elisea – una sirviente que cuidaba a mi abuelito – fue a acompañarla. Entonces me dio envidia y pena y me puse a llorar. Mis ojos llenos de lágrimas se fijaron en un cuadro del Sagrado Corazón y sentí una voz muy dulce que me decía: «¡Cómo! Yo, Juanita, estoy solo en el altar por tu amor, ¿y tú no aguantas un momento?». Desde entonces Jesusito me habla. Y yo pasaba horas enteras conversando con El. Así es que me gustaba estar sola. Me fue enseñando cómo debía sufrir y no quejarme… [y] de la unión íntima con El. Entonces me dijo que me quería para El. Que quería que fuese Carmelita. ¡Ay! Madre, no se puede imaginar lo que Jesús hacía de mi alma. Yo, en ese tiempo, no vivía en mí. Era Jesús el que vivía en mí. Me levantaba a las siete, cuando se levantaba Rebeca para el colegio. Tenía horario para todo el día, pero todo lo hacía con Jesús y por Jesús.

Nuestro Señor me mostró como fin la santidad. Esta la alcanzaría haciéndolo todo lo mejor posible. Al poco tiempo el Padre, mi confesor, me repitió las mismas palabras. Entonces yo le conté.