141. A Amelia Montt Martínez Octubre de 1919

141. A Amelia Montt Martínez Octubre de 1919

Octubre de 1919 

Querida Amelia: Que la gracia del Espíritu Santo sea en tu alma. 

Recibí tus dos cartitas y te pido me perdones por no habértelas contestado, pero no tengo tiempo. Faltan ya pocos días para mi toma de hábito, y se me hacen largos los días, mientras no me vea revestida con él. 

Soy la persona más feliz con mi vocación, y no me canso de darle gracias a Dios por haberme traído a este rinconcito de cielo. Vivo sólo para Dios. Mi única ocupación es conocerlo para más amarlo. He principiado aquí en la tierra la vida del cielo, vida inventada e ideada por Dios en su eternidad; vida sólo de amor y de alabanza incesante. Si por un instante pudieras leer lo que ha pasado por el alma de esta postulante carmelita, comprenderías la dicha de vivir siempre junto al tabernáculo. Sola con El solo, paso en el coro junto a la reja, o ya en mi pobre celdita. Ya no existe entre El y su criatura nada. Siempre escucho su palabra divina. Siempre miro y contemplo su belleza infinita. Siempre siento los latidos del corazón de mi Dios que me pide amor, porque El sabe que el amor encierra todo: sacrificio y almas. 

Hermanita querida, sin duda, como el mismo Jesús le dijo a la Magdalena, me ha elegido “la mejor parte”. La carmelita sólo debe ocuparse de su Dios. Debe vivir, no ya en la tierra, sino en Dios. Debe moverse obrar, respirar lejos de las criaturas, del mundo. Sólo debemos recordarlo para rogar por ellas y por él; pero sin recibir su influencia, sin respirar su ambiente impuro. Jesús me ha encerrado aquí para unirse a mí, sin que nada pueda turbar esta mirada, esta visión de su Faz adorable, que un día poseeré allá en el cielo en su plenitud. Me figuro muchas veces que soy como una reina; pues mientras otras almas sirven al Rey en el apostolado de la acción, yo -como reina- me estoy a su lado escuchándolo, contemplándolo, rogando junto con El, sufriendo con sus mismos sufrimientos. El cambia sus sentimientos con los míos, divinizándolos. El me rodea de su luz divina, embelleciendo mi alma con sus enseñanzas. 

Oh, qué bueno es este Jesús con esta pobre criatura. No quiere separarse de ella un momento. Busca en mi alma consuelo y reposo. Me ha asemejado a El, haciéndome hostia. Sí. Una carmelita es hostia que lleva en sí a Jesús. Ella no obra. Es El. El la sacrifica, la inmola en silencio, como El se sacrifica y se inmola en silencio en el altar por el mundo entero. Ella siempre ora con Jesús en el altar; salva las almas, pero mirando a Jesús. Ella derrama la sangre de su corazón, negándose en todo. Todo lo ha sacrificado por Jesús. 

Qué feliz me siento cuando le puedo decir: “Todo mi ser te pertenece, Jesús mío. Mi corazón sólo debe amarte a Ti y amar las almas, porque ellas están teñidas con tu sangre. Al sacrificarme por ellas, sólo me sacrifico por recoger tu sangre adorada, para que no se pierda. Así pues, salvo las almas, pero sin perderte de vista, mi Astro divino. Mi inteligencia, mi pensamiento, mi memoria te pertenecen. No tengo que conocer criaturas, ni estudiar ciencias humanas. Eres Tú mi Sabiduría, mi libro de Verdad eterna. Mi cuerpo lo he venido también a inmolar, porque te amo y desde la cruz me enseñas a crucificarlo. Mi voluntad la he puesto en manos de mis superiores que representan tu autoridad divina. Nada puedo hacer sin permiso, ni aún recoger un alfiler. Los bienes temporales también los dejé por Ti y nada puedo poseer. ¿Qué me queda? Nada. He venido para desaparecer en Ti, Jesús mío”. 

Mi hermanita querida, ojalá un día tú también le puedas decir otro tanto. Por ahora, lo único que te debe preocupar es conocer a Jesús para amarlo; pues si logras enamorarte de El, sabrás más tarde seguirlo donde su voluntad divina te lo indique. Sólo te recomiendo una cosa, y es que consideres que, si vas a ser monja, vas a ser esposa de Jesucristo, y que el Esposo con la esposa deben ser tan unidos que sólo formen un solo corazón. Así pues, donde tú creas conseguir mejor esta unión con Dios, allí debes irte. Para mí estuvo en la completa soledad, donde con mayor razón se alimenta la oración; y en la oración es donde el alma aprende a conocer a Jesús, y por lo tanto a amarlo. Y como el amor no puede consentir diferencia sino igualdad, resulta de él la unión que está en la semejanza. Además me parece que el trato con el mundo me hubiera impedido ese recogimiento continuo, esa presencia incesante de Dios en mi alma, que es lo que produce la unión. 

La vocación de la carmelita es toda fundada en el amor. Ella nada admite sino el contemplar a Jesús. Si supieras cómo la fe es tan viva en ella… Tanto que Jesús en el sagrario vive con ella como cuando estaba en la tierra. Ella sabe lo que ese Dios la ama. Siendo su Creador se hace hombre. Ese Verbo Divino, esa Luz increada vivió treinta y tres años en las tinieblas. Jesús era Dios todopoderoso y se redujo a la impotencia en Belén, en la cruz. El sintió el peso de nuestras miserias: el hambre, el frío, etc. hasta la muerte. Siendo Dios, Jesús sufrió el odio, la persecución, la traición, la hipocresía de los hombres. Y no creas que porque era Dios, no sentía el pesar que esto le causaba. Era hombre como nosotros, hombre perfectísimo y, por lo tanto, su corazón era más noble, más tierno, más sensible que ninguno; pues todo lo humano en El era divino, infinito. 

Amalo mucho, pero conócelo. En la Eucaristía está, vive ese Jesús entre nosotros; ese Dios que lloró, gimió y se compadeció de nuestras miserias. Ese pan tiene un corazón divino con las ternuras de pastor, de padre, de madre, y de esposo y de Dios… Escuchémosle, pues El es la Verdad. Mirémosle, pues El es la fisonomía del Padre. Amémosle, que es el amor dándose a sus criaturas. El viene a nuestra alma para que desaparezca en El, para endiosarla. ¿Qué unión, por grande que sea, puede ser comparable a ésta? Yo como a Jesús. El es mi alimento. Soy asimilada por El. ¡Qué dicha más inmensa es ésta: estrecharlo contra nuestro corazón, siendo El nuestro Dios! 

Comulga bien y penétrate bien de la visita que recibes, del amor infinito, de la locura divina: que no sólo se hizo hombre como nosotros, sino pan. Después que comulgues, dile a Jesús -ese Dios que tienes prisionero en tu alma- que se quede contigo para que todo el día continúes amándolo y dándole gracias. Pídele a la Sma. Virgen te prepare con fe, humildad y amor para la comunión; que todos los momentos desocupados pienses en tu Dios que tienes dentro de tu alma. Mira a Jesús en los oprobios, y aprenderás a humillarte. Míralo obediente hasta la muerte y aprenderás a obedecer. Míralo en el silencio de Nazaret donde permaneció treinta años, y aprenderás a estar recogida dentro de tu alma y en silencio… Y así en todo. 

A Dios. Acuérdate que eres su casita. Que tu alma no sea conocida sino por El y tu confesor. Tu indigna hermana 

Teresa de Jesús, Carmelita