27. Al P. José Blanch, C.M.F. 2 de abril de 1918

27. Al P. José Blanch, C.M.F. 2 de abril de 1918

Santiago, 2 de abril de 1918 

Reverendo Padre: 

Creo no habrá recibido mi carta anterior, por lo cual temía escribirle, creyendo pudiera desagradarle, porque no he recibido contestación alguna. Pero mi mamá me dice que le escriba, pues le Parece que no le disgustará. 

Veo que Dios quiere probarme, porque a cada instante me envía sufrimientos. Mas todos se los ofrezco, ya que comprendo que por ellos me he de asemejar a Jesús crucificado y he aquí mi único 

ideal. 

Quiere de mí, Rdo. Padre, un abandono total en sus divinas manos, y se ha constituido El mismo mi director; pues creo que sólo El me satisfará después de ser Ud., Rdo. Padre, el guía que me dirigía hacia Jesús. Yo pienso verdaderamente con quién me voy a confesar…, pues a mí me cuesta tanto tener confianza, y además eso de tener que darse a conocer a otro confesor me desanima. Tengo deseos de no elegir a nadie de director, sino a Jesús, pues si El se lo ha llevado a Ud., Rdo. Padre, es porque quiere ser El mismo mi Maestro. Además me manifiesta su voluntad de una manera tan directa, que no puedo dudar sean esos sus designios. 

Ahora me pide la renuncia completa de mi voluntad, pues me dice que, si quiero ser crucificada a su semejanza, es necesario despreciarse por completo y vivir en cada instante cumpliendo per-fectamente su divina voluntad, aunque ella me traiga sacrificio e inmolación. 

He sufrido tanta sequedad [y] abandono, que ya no es posible describirlo. Sobre todo una vez pasé como una hora y media en una angustia tan terrible, que me dije: “Si esto continúa, no voy a poder hacer nada”. Pues sentía una soledad, un abandono total, y al mismo tiempo yo veía que no tenía a quién comunicárselo. Y esto me hacía sufrir. Supliqué a N. Señor me sacara de esa angustia, y entonces El dejó oír su voz, e inmediatamente, con su palabra, la tempestad se apaciguó; aunque quedé siempre en sequedad. Pero esto no me extraña, Rdo. Padre, pues yo he sido la que he pedido a Cristo me prive de todo consuelo, para que otras almas que quiero encuentren en los sacramentos y en la oración paz y gozo. 

El voto de castidad se cumplió ayer. Yo no me atreví a renovarlo, esperando pedir permiso. 

En cuanto a las mortificaciones, no he hecho casi ninguna porque no tenía permiso. Sólo mortifico la voluntad. Además, me pongo en posturas incómodas cuando no soy vista. Y el Viernes Santo me puse, desde la una hasta las tres, piedras en los zapatos, lo que me incomodó bastante. Pero creo no lo podré hacer, pues casi no puedo andar y me lo pueden notar. 

También el Jueves y el Viernes Santo no bebí agua; ni comí dulces en toda la semana. Pero ahora le pido permiso para hacer algo más, pues creo conveniente, cuando estoy con desaliento [y] tedio, hacer alguna mortificación, como vgr., ponerme cilicios, que voy a comprar, y privarme un poco de la comida. Mas todo quiero someterlo a su voluntad, pues sé que ésa es la de Dios. 

Siempre me pongo en la presencia de Dios, pero hay días en que me olvido. Todos los días hago meditación, y en este tiempo de la Cuaresma, ha versado ella sobre la Pasión, y he podido penetrar más en los sufrimientos de Cristo. Suelo tomar el Evangelio para ello, lo que antes no podía porque no me resultaba. 

Cada día que pasa se aumentan mis deseos de ser carmelita. Me escribió la Madre Superiora una carta llena de santos consejos, donde pinta admirablemente la vida de la carmelita, y me dice que entretanto procure sólo vivir en Dios, por Dios y para Dios; 

pero la realización de mis deseos la veo cada día más difícil. Ya principio a sentir la oposición de mi familia, pues desean que salga del colegio para sacarme a las fiestas; esas fiestas mundanas que son lazos para perder las almas. ¡Ah! Ruegue, Rdo. Padre, por mí, para que salga victoriosa de la lucha y de la tempestad que se inicia. Que pueda pronto llegar al puerto del Carmelo donde espero encontrar el cielo en la tierra, es decir, el cielo en el sufrimiento y en el amor. A veces siento deseos de morir antes que sucedan estas cosas; pero digo con Nuestro Señor que se haga la voluntad de Dios y no la mía. Es además cobardía no querer el combate. Entonces pido a Cristo me dé las armas para vencer. También N. Señor me dice que me abandone a El. Ya que siempre me ha auxiliado y me ha hecho vencer, ¿por qué desconfiar ahora? 

Mi salud es mejor. Sin embargo, con franqueza le diré que siento muchas veces debilidad que no sé a qué atribuirla. Sin embargo, estoy mejor en el colegio y puedo estudiar, gracias a Dios. Tomo tónico, lo que espero me acabará de fortalecer para poderme ir este año al Carmen. Rece, Rdo. Padre, por eso. Se lo suplico. 

No pierdo las esperanzas que lo han de traer de nuevo a Santiago. Por eso no puedo resolverme a confesarme con otro Padre. Creo que N. Señor quiere probarme. Que se haga su santa voluntad. Le ruego, si le es posible, me conteste. Haga una obra de caridad. Y le doy permiso para que me hable de todo esto de conciencia, y de todo lo que juzgue conveniente para mi alma. 

Gracias, Rdo. Padre, por todo el bien que me ha proporcionado. N. Señor se encargará de pagar lo que mi pobre alma no puede pagar sino con humildes oraciones, que bien poco valen, como Ud. sabe. Jesús las oirá para pagar su caridad. Y Ud., Rdo. Padre, ruegue por mí en el santo sacrificio de la Misa. Ofrézcame a Jesús como víctima de reparación y amor por manos de la Sma. Virgen. Así no me despreciará. 

Su humilde y S.S. en Jesús 

Juana, H. de M.