63. A Ester Pellé de Serrano

63. A Ester Pellé de Serrano

Estimada misia Ester: 

Por la carta que le escribió a mi mamá, supe que Ud. conocía mi Secreto y lo había dicho a Consuelo lo que agradecí, pues muchas veces yo se lo quería decir a ella, pero no me atrevía por temor que ella creyera estaba en la obligación de decirlo. No necesito recomendarle me guarde la más estricta reserva; pues una palabra me podría comprometer, y todo mi deseo es hacerlo lo más pronto posible. 

Mucho le agradecería me enviara una amplia explicación de la Reparación Sacerdotal; pues, aunque ya pertenezco a ella, sin embargo, no me lo han explicado muy bien. Y yo, como deseo ser 

carmelita -la cual se propone rogar por los sacerdotes-, tengo verdaderos deseos de llenarme por completo del espíritu de reparación, ya que creo le agradará a N. Señor, pues sufre tanto por las ofensas de aquellos que, llamados a ser sus verdaderos e íntimos amigos, muchas veces lo olvidan y lo olvidan. ¡Cuántas veces no he sentido en el fondo de mi alma, al ver sacerdotes indignos de tal nombre, mucha pena! Y mucho tiempo atrás ofrecía una vez a la semana, la comunión y la Misa para rogar y reparar por ellos. 

Yo, que he de permanecer siempre al pie del tabernáculo, me esforzaré -se lo aseguro- por consolar a N. Señor por las ofensas de sus ministros. La carmelita es hermana del sacerdote. Ambos ofrecen una hostia de holocausto por la salvación del mundo. Así pues santificase a sí misma para que la sangre del divino Prisionero que recibe ella en su alma por estar siempre más unida a El, circule por los demás miembros del cuerpo de Cristo. En una palabra, santificase a sí misma para santificar a sus hermanos. 

He dado gracias a Dios por existir todavía en el mundo almas grandes que sepan ayudar a llevar la cruz a N Señor. Ud., Misia Ester es una de ellas. Ha sabido dar con la herida más dolorosa de su Corazón divino. Tal es la que le hacen sus amigos. Sea toda la gloria para Dios. Vivamos, pues, muy unidas en el piélago infinito del amor de Dios. Allí, sumergidas y perdidas, podremos vivir olvidadas para siempre de todo lo terreno. Esa es !a vida verdadera: amar a Dios y glorificarlo aquí en la tierra para hacerlo después en la eternidad. 

A Dios. Su affma. en C.J.M. 

Juana, H. de M. 

Cuando sepa la dirección de la Consuelo, envíela, por favor. 

Mi nombre será en el Carmen el de mi Santa Madre. Fíjese qué honor. Teresa de Jesús. Carmelita.