136. A una amiga 2 de octubre de 1919

136. A una amiga 2 de octubre de 1919

Convento del Espíritu Santo, 2 de octubre de 1919 

Que la gracia del Espíritu Santo sea en el alma de mi querida… 

No creas que por no contestar a tu carta te he olvidado; y es porque en el Carmen casi no hay tiempo para escribir. Mucho me gustó tu cartita, en la que me manifiestas los deseos que tienes de ser toda de Jesús. 

¿Qué te podré decir de la felicidad que experimento al haberme entregado a El? No es ya una dicha cualquiera la que siento. Es un cielo el que poseo. He principiado esa ocupación de amar y alabar que tendremos en la eternidad. Aquí, en el Carmen, sólo existe Dios. Vivimos anegadas en El, en su atmósfera divina de paz y amor. Somos -no dudo en decirlo- los seres privilegiados de N. Señor; pues El quiere oír siempre la voz de alabanza de su carmelita: su canto no interrumpido de amor. Para esto la separa del mundo completamente, la trae a la soledad, donde El se deja ver, tocar, oír, conocer. Por eso -sola con El solo- la Carmelita debe ocuparse únicamente de Jesús. Todo debe olvidar para pensar en El. Créeme que una carmelita debe estar tan llena de Dios que permanezca siempre en El. Debe darse y sacrificarle todo su ser. Su inteligencia debe despreciar las ciencias humanas para conocer la Sabiduría infinita. Su memoria ha de olvidar lo de la tierra para recordar los beneficios de su Dios. Su voluntad no debe existir: la ha sacrificado por el voto de obediencia. Este voto se cumple en el Carmen con toda perfección, lo mismo que el de pobreza. Para que te des cuenta exacta, te diré que no se puede recoger una basura del suelo sin licencia, ni tener en la celda ni un alfiler de más. Los bienes temporales se sacrifican por el voto de pobreza. La carmelita vive de limosna. Su corazón es todo de Jesús, puesto que sólo desea estar sola con El. Su cuerpo lo sacrifica por la penitencia. De paso te diré que una, afuera, cree que son terribles; pero aquí todo se hace fácil y N. Señor ayuda. Además, las que impone la Regla cualquiera las puede practicar. 

Así ves que una carmelita lo sacrifica todo, aun el gozo puro de estrechar contra su pecho los seres que le son más queridos sobre la tierra, ya que las rejas no le permiten abrazar a su familia. Pero ¿crees por eso que reina tristeza en nuestro conventito? No te imaginas mi sorpresa sobre esto; pues creía que eran alegres, pero esto no es nada para lo que son, pues [en] las recreaciones somos como chiquillas de colegio. Existe una unión y confianza tan grandes, que somos todas como si perteneciéramos a la misma familia. Con Ntra. Madrecita existe una confianza como es la que tiene una con su madre. Nada se obra por temor, sino que todo es cariño y confianza nacida de la santidad que reina en las almas de mis hermanitas. Te aseguro que no me canso de agradecerle a N. Señor el haberme traído a este cielito. 

Ahora te escribo en mi celdita. Estamos recogidas en ella y sólo se puede salir con permiso. Si la vieras te encantaría. Es chiquita. Las paredes, blanqueadas; y cuelga de una de ellas una cruz de madera con una corona de espinas. La cama es una tarima con un jergón de paja. Es angosta pero se duerme muy bien. Tenemos también una mesita de madera. Es bajita. Sólo tiene una cuarta y media de alto. El lavatorio lo tenemos en el suelo. Al principio me era casi imposible escribir en la mesita y sentada en el suelo; pero ahora estoy acostumbrada. 

¡Qué feliz se siente el alma en la soledad, despreocupada de todo lo creado! Nuestra vida es una oración continuada. Pues, aunque sólo tenemos dos horas de oración al día, nuestra Regla nos manda orar sin intermisión; y aunque tenemos que trabajar, siempre permanecemos unidas a Jesús. 

Mi… querida. A medida que se conoce a este Dios-Hombre, se le va amando con locura. Yo quisiera que tú lo conocieras para que te enamoraras verdaderamente. La carmelita vive tan familiarmente unida a El, que para ella no hay diferencia alguna entre el tiempo que vivió en la tierra y la vida del sagrario. Allí lo encuentra y, como la Magdalena, escucha sus palabras de vida. Y ¿cuáles son esas palabras? Las del Evangelio. En silencio saborea la carmelita esa doctrina tan pura y llena de amor. Allí ve en magníficos cuadros representado al Salvador, el Verbo Encarnado. Ella ve a su Dios soportando las miserias humanas: sintiendo el frío allá en la cuna, sufriendo el destierro en Egipto, obedeciendo a sus criaturas El que es todopoderoso. Ve llorar a ese Niño en los brazos de su pobre Madre; y ese llanto son los gemidos del que es la Alegría infinita. ¿Cómo no amar a ese Jesús con toda nuestra alma? El, que es la Belleza increada; El, la Sabiduría eterna; El, la Bondad, la Vida el Amor. ¿Cómo no podrá el alma abrasarse en caridad a la vista de ese Dios que es arrastrado por las calles de Jerusalén con la cruz sobre los hombros; a la vista de ese Dios constituyéndose en alimento de sus criaturas, haciéndose pan para unirse a ellas, divinizándolas y convirtiéndolas en El? ¡Oh! Ama a Jesús. ¿Quién podrá corresponderte mejor? El está sediento de tu corazón. ¿No lo sientes cuando después de comulgar te dice: «Hija, dame tu corazón»? 

Todo un Dios infinito mendigando un pobre y mezquino corazón, a pesar de que El derramó toda su sangre, a pesar de que El se ha hecho pan para alimentarte. Vive con El en lo íntimo de tu alma. «El que cumple la voluntad de mi Padre, ese tal me ama y Yo y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos mansión dentro de él». Esto te dice Jesús. Así pues, cumple con tu deber y vivirás con El allí, en tu alma, como en una celda. Y lo podrás oír y ver en todos los momentos del día. A Dios. En El te deja tu indigna. 

Teresa de Jesús, Carmelita