137. A Graciela Montes L. y Clara Arde O. 4 de octubre de 1919

137. A Graciela Montes L. y Clara Arde O. 4 de octubre de 1919

J.M.J.T. Pax Christi 4 de octubre, 1919 

Mi hermanita: Que el Espíritu Santo sea en tu alma. 

Mucho gocé con tu cartita. Y nuestra Madrecita me da licencia para contestarte ligerito. Cuánto gusto me ha dado ver en ella tan buenas disposiciones; pues estoy segura que, si tú tienes buenos deseos y tratas sólo de agradar a Jesús, El mismo te conducirá y allanará las dificultades. Deséalo mucho y abandónate a El. 

Quisiera, mi hermanita, infundir en tu alma una confianza ilimitada en tu divino Esposo, de tal modo que le abandonaras todas tus preocupaciones. Preocúpate de aceptar en cada instante su divina voluntad. De esta manera, cuando llegue el tiempo de solicitar el permiso de tu papá, no temerás nada; pues recibirás el consentimiento o la negativa como la expresión de la divina voluntad y la aceptarás con amor. Si te contradicen, si te sacan al mundo, permanecerás tranquila y en comunión con el divino querer. 

Para esto ejercítate desde ahora en el abandono, hasta [el] punto [de] que, cuando tú desees algo o quieras algo, te contraríes diciendo íntimamente: «Yo me abandono a tu divina voluntad; no se haga como deseo, sino como Tú, Jesús mío» . V. gr.: deseas saber la lección o exámenes, contraríate. Créeme, Chela, que a mí me lo aconsejaron y vi patentes verdaderos milagros; pues a N. Señor le encanta esa confianza hasta en las tonteras más grandes, y da esto mucha paz al alma. Además le hace ver en todo la divina mano de Dios, con lo que se adquiere espíritu de fe, virtud tan necesaria para una carmelita. 

Ahora contestaré a tus preguntas. Que Jesús me inspire. Con El vivo en mi pobre celdita que se convierte en cielo. No te importe eso de rogar por una cosa especial, pues a veces uno ve la nece-sidad grande de pedir, y más aun cuando es una preocupación que nos hace sufrir, porque es algo que no se puede desentender. Puedes rogar por eso especialmente, pero sin olvidar las otras intenciones. Respecto de lo que me dices de las oraciones que inventas para la comunión, creo que no te has de concretar tanto a decirlas vocalmente, como a meditar sobre el grandioso acto del amor de nuestro Dios. Piensa que es Dios, el Ser único necesario, el Ser que no necesita de nadie para existir, el Ser que contiene en Sí su propia beatitud, su felicidad, etc.; y sin embargo, te busca a ti; deja a un lado a los ángeles, a millones de personas, para entrar en tu alma, para consumar en ti la unión más íntima, para convertirte en Dios, para alimentar en ti la vida de la gracia, con la que consigas el cielo. Viene a ti Jesús, el Esposo de tu alma, que te ha amado con amor eterno. Viene a ti tu Padre que te creó y te conserva la vida; tu Hermano, que te ha dado su Padre del cielo y su Madre la Virgen; tu Pastor, que tantas veces te ha llamado con su gracia; tu Juez, que viene para perdonar tus pecados; tu Médico, que viene a curar las heridas de tu alma; tu Maestro, que viene a enseñarte el camino del cielo; tu Salvador, tu Amigo, tu Redentor que ha derramado hasta la última gota de la sangre de su corazón; tu Amor que por ti muere, que por ti se convierte en pan. 

Otra vez, puedes pensar en tu miseria, en tu ingratitud, y acudir donde Jesús como hija pródiga. Así comulgarás bien. Y para dar gracias será sobre lo que hayas meditado. Entonces ponerse en espíritu a los pies de Jesús. Llorar allí las faltas. Agradecerle mucho la visita. Humillarse. Anonadarse, reconociendo el abismo infinito que media entre El y tú. Entonces decirle cuánto se le ama, cómo no quisiera jamás separarse de El. Decirle que se le quiere consolar, reparando los pecados del mundo. Quitarle la lanza del costado e introducirse en su Corazón. Quitarle la corona de espinas y coronarte con ella, prometiéndole hacer actos de mortificación, rogar por la intención y formar la resolución de ser buena ese día, practicar tal virtud, etc., y después pedirle lo que quieras. No te importe inventar, pues esto nace del corazón y a Jesús le gusta. 

Como recibí la cartita de la Clara, quiero contestarles a las dos, pues después no podría. Me encantó tu cartita, Clara. Y lo mismo los pensamientos, que son preciosos. Aquí, en el Carmen, se acostumbra desafiarse para practicar algunas virtudes. Así pues, yo las desafío, mis hermanitas, a tres virtudes para honrar a la Sma. Virgen en su mes: 

1. Recogimiento interior a todas horas, y exterior en la capilla y en los actos de piedad, manteniéndose con los ojos bajos y siempre de rodillas, salvo en caso excepcional. Este recogi-miento exterior ayuda al interior, que consiste en permanecer en presencia de Dios. Esta presencia de Dios debe ser como mejor le acomode al alma. Así pues, Chela, si tú te unes más a Jesús Sacramentado está muy bien, pues no se debe esforzar al alma para conseguir otra presencia de Dios. Sin embargo, he oído decir que es muy buena esa presencia de Jesús-Hostia, pero cuando no se está cerca del tabernáculo es más difícil recogerse y que, por lo tanto, conviene traer esa presencia de Dios en el alma. Esta presencia es real, pues el mismo Salvador les dijo a sus apóstoles: «Aquel que me ama observará mi doctrina, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos mansión dentro de él». De modo que la Sma. Trinidad vive en el alma en gracia. Dios es el cielo. Vivir en El es vivir unida a los santos y ángeles. Luego podemos incesantemente vivir en nuestra alma unidas a sus alabanzas y adoraciones. Este es el fin de una carmelita; pues su única ocupación -la esencia de su vida- es la contemplación, de donde se desprende el amor y la adoración, la cual, como dice un autor, es el éxtasis del amor que calla, porque ya no puede hablar. 

La Chela me pregunta si se puede figurar uno a N. Señor, o a Dios. A Dios es imposible, porque es espíritu, y, si lo figuramos, tendremos una idea falsa de El. Por eso esta presencia es más difícil, pues tiene que ser abstractamente. Pero quizás, a los principios, me parece se puede uno figurar (no sé bien esto; si no es así, nuestra Madrecita lo borrará) la Sma. Trinidad como la representan. Esto sólo para ayudar al recogimiento; pues después, poco a poco, el alma va dejando estas representaciones. 

Supongamos que Uds. no se avengan con esta presencia de la Sma. Trinidad. Entonces traigan en su alma a N. Señor y represéntelo ya como niño, o ya como crucificado o resucitado. Sin embargo, les aconsejo lo traigan en sus almas, pues nuestra misma santa Madre dice que el alma gana mucho en el recogimiento. Y la razón es porque una se siente más unida a El, como si estuviera en El o con El, y esa mirada del alma a su Esposo la inflama en amor. A todas horas puede mirarlo. Esa vista de Jesús la pacificará si se está turbada o exaltada; la fortalecerá si está abatida, la recogerá si está disipada. Díganme si tienen más dudas. Me encantaría si se aplicaran a esa presencia de la Sma. Trinidad. Al principio cuesta un poco; pero con el hábito se adquiere y después les ayudará mucho para la oración. 

2. Fidelidad a la gracia. No negarle nada a N. Señor. Sobre todo, ser fieles en cumplir perfectamente el reglamento. Para esto ayuda la presencia de Dios y proponerse en cada hora cumplir los deberes de esa hora perfectamente, pensando que se cumple en ello la voluntad de Dios. Apenas se levanten piensen que ese día tienen que cumplir la voluntad de Dios perfectamente. Únanse al «Ecce venio» = «Héme aquí, oh Padre», de Jesús, y a sus oraciones, sufrimientos, alegrías de El, ofreciendo todo por los sacerdotes y pecadores. 

3. Humildad. No hablando de sí misma, no dando su opinión, si no se la piden, no llamando la atención de nadie, y aceptando las humillaciones y reprensiones en silencio, sin entristecerse, sino alegrándose de parecerse algo a Jesús. 

Al fin del mes de María van a ver quién ha ganado el desafío. Yo les prometo todos los días encomendarlas a la Sma. Virgen. Hagan lo mismo V. caridades conmigo, pues quiero ser novicia carmelita y no lo soy, desgraciadamente. En la comunión también rogaré por V. caridades. 

A Dios. En El vivimos. Amémosle, ya que El nos amó primero y dio su vida por amarnos. Démosle nosotras la nuestra, muriendo a nosotras mismas por el renunciamiento de nuestra voluntad y gustos. 

Las abraza su humilde hermana 

Teresa de Jesús, Carmelita 

A la Amelita Montt, que recibí su carta y que luego le contestaré. Muéstrenle ésta, si quieren.