14. A la Madre Angélica Teresa 5 de septiembre de 1917

14. A la Madre Angélica Teresa 5 de septiembre de 1917

Santiago, 5 de septiembre de 1917 

Rda. Madre Sor Angélica Reverenda Madre: 

Creo que dispensará la libertad que me tomo al escribirle, pero no puedo menos de hacerlo, para agradecerle el cariñoso recuerdo que Ud., Rda. Madre, ha tenido la bondad de enviarme con la Chelita. Hubiera deseado contestarle inmediatamente; pero Ud. sabe, Rda. Madre, que no es posible en el colegio. 

Este detencito que llevo conmigo constantemente me es doblemente precioso por venir de mi querido Carmen, pues usted, Rda. Madre, sabe ya por la Chela el cariño y estimación que tengo por las carmelitas y el deseo que tengo de contarme algún día entre ellas. Mas tropiezo con muchas dificultades, y la principal es mi poca salud. Sin embargo, le he encomendado este asunto a la Sma. Virgen y creo que Ella ha de abrirme las puertas de ese bendito asilo, si es la voluntad de Dios; pues ante todo sólo deseo esto. Ayúdeme, le ruego por favor, Rvda. Madre, con sus oraciones y con las de su comunidad para alcanzar de Jesús este favor; aunque sé que soy indigna de gracia tan señalada. 

Ahora le comunicaré que yo nunca he conocido personalmente a ninguna carmelita. Solamente he leído la vida de Sor Teresa y de Isabel de la Trinidad. Desde entonces he comprendido que el Carmen es un cachito de cielo y que a ese Monte santo me llamaba el Señor. Cuánto deseo, Rda. Madre, darme por entero a mi Jesusito. Ruéguele mucho para que me ofrezca a El pura, sin que el mundo haya tocado mi corazón. Pídale, Rda. Madre, por favor, a la Sma. Virgen que me guarde debajo de su manto maternal. ¡Qué anhelo tengo de entregarme a la oración, de vivir unida constantemente a N. Señor! Ahora trato de recogerme dentro de mi alma. Allí adoro, allí consuelo y amo a mi Jesús. Es verdad que no siempre me recojo, pero hago sobre esto el examen particular. 

También sé que si voy al Carmen, será para sufrir; mas el sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús y El es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando 

se ama? La vida de una carmelita es sufrir, amar y orar, y en esto encuentro todo mi ideal. Rda. Madre, mi Jesús me ha enseñado desde chica estas tres cosas. ¡Cuánto debo agradecer a mi Divino Maestro las lecciones que da a una miserable como yo ! 

¿Qué dirá Ud., mi Rvda. Madre, de esta carta tan larga? Pero su corazón maternal me dispensará y sabrá recordar en sus oraciones a su pobre ovejita, sobre todo en estos días de septiembre, para que Jesús la guarde toda para El. 

Su indigna hija en Jesús 

Juana Fernández, H. de M. 

Le ruego, Rda. Madre, que me guarde secreto de mi vocación, pues sólo lo sabe mi mamá y algunas íntimas amigas. Le encargo a sus oraciones y a las de la comunidad mi familia. 

Mi dirección es, si la necesita, Vergara 92