150. A su Padre 26 de noviembre, 1919

150. A su Padre 26 de noviembre, 1919

J M J T Pax Christi 26 de noviembre, 1919 

Que la gracia del Espíritu Santo sea en su alma, mi viejito tan querido: 

Muchos días estaba por escribirle, pero siempre tenía inconvenientes. Así es que ahora, quitando algo al sueño, me pongo a conversar con mi papacito, porque de otro modo no resultará la carta. 

El 14 me vio realizar mis deseos tomando mi hábito tan querido. Soy cada vez más feliz con él, y no me canso de darle gracias a Dios de haberme dado el cielo anticipado; y a Ud. nunca me cansaré de agradecérselo. 

Ese día de mi toma de hábito pude apreciar más que nunca que mi suerte ha sido la mejor. Al ponerme en íntimo contacto con las almas, pude notar que en todas hay llagas profundamente dolorosas; que todas, aunque muchas veces aparentemente son felices, encierran en su corazón un mundo de desdichas. En cambio, su carmelita ve deslizar sus días tranquilamente. Nada puede turbar su paz, su dicha, porque lleva al que es la fuente de la paz. Con Dios, mi papacito, es con quien vivo en un cielo ya aquí en la tierra. Entre Jesús y su carmelita hay una intimidad tan grande, que las uniones de la tierra son sólo una sombra; y a medida que lo conozco, más lo amo, porque voy sondeando en su corazón un abismo de infinito amor. Por eso, mi papacito querido, siento la necesidad de llevarlo hacia El. Quisiera que fuera Jesús su íntimo amigo, en quien depositara su corazón cansado y saciado de sufrimientos ¿Quién podrá, mi viejecito querido, medir la intensidad, el caudal de preocupaciones que lo agobian como N. Señor, que penetra hasta lo más íntimo y que sabe curar con delicado tacto aquellas heridas dolorosas cuya profundidad Ud. mismo desconoce? ¡Ah, mi papachito, cómo se transformaría su vida, si fuera a El con frecuencia como a un amigo! ¿Cree acaso que Jesús no lo recibirá como a tal? Si tal cosa pensara, demostraría que no lo conoce. El es todo ternura, todo amor para sus criaturas pecadoras. El mora en el sagrario con el corazón abierto para recibirnos, y nos aguarda allí para consolarnos. Papacito mío, ¡cuántas veces Ud. mismo no me ha expresado lo feliz que se ha sentido al comulgar! Es porque entonces su alma, libre de todo peso, ha sentido la presencia de su Dios, único capaz de satisfacernos. Además ¿por qué temer acercarse a N. Señor, cuando El mismo dijo que era el Buen Pastor, que daba su vida por recobrar la oveja perdida? Y dijo que venía en busca de los pecadores. Así pues, mi papacito, todos, aunque somos pecadores, podemos acercarnos a El. Somos sus hijos que debemos confiar en sus entrañas llenas de ternura paternal. 

No se figura cómo he rogado por Ud. y por los asuntos que le conciernen, para que se arreglen como conviene. Especialmente en este mes de María se lo he entregado a la Sma. Virgen. Espero que Ella me oirá y lo protegerá a todas horas. A Ella le pido seque sus lágrimas, calme su vida tan llena de turbaciones, y sea también su compañía en la soledad; y sobre todo, le ruego sea la Sma. Virgen su abogada, su Madre tierna y cariñosa a quien Ud. ha querido, su protectora en el horrible trance de la muerte. Invóquela siempre, papacito mío, y más aún cuando su alma luche con el desaliento. Entonces dígale: «María, muéstrame que eres mi Madre». Invóquela cuando luche para cumplir sus deberes de cristiano. Pídale a Ella lo haga ser su verdadero hijo; que extinga en su alma el fuego de las pasiones con su mirada de suavidad.

Papacito mío, cuando sufra, mire a su Madre Dolorosa con Jesús muerto entre sus brazos. Compare su dolor. Nada hay que se le asemeje. Es su único Hijo, muerto, destrozado por los peca-dores. Y a la vista del cuerpo ensangrentado de su Dios, de las lágrimas de su Madre María, aprenda a sufrir resignado, aprenda a consolar a la Sma. Virgen, llorando sus pecados. 

Quisiera seguir, mi papachito lindo, pero el tiempo se concluye; además temo ya cansarlo. Contésteme desahogando su corazón en el de su carmelita, todo lleno de ternura para su viejito tan querido. Su indigna

Teresa de Jesús, Carmelita 

P.D. Si puede, comulgue el 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Cuando me escriba, dígame cómo le ha ido en sus asuntos.