87. Al P. Antonio Ma Falgueras, S.J. 24 de abril 1919

87. Al P. Antonio Ma Falgueras, S.J. 24 de abril 1919

J.M.J.T. Santiago, 24 de abril 1919 

Reverendo Padre: 

Puesta en presencia de Dios, voy a declararle todo lo que por mi alma ha pasado. Yo nunca he hecho caso de lo que he visto, creyendo fuera mi imaginación la que me representaba ciertas imágenes, aunque las tales dejaban siempre en mi alma humildad, amor, confusión–al ver mis miserias–, arrepentimiento y, sobre todo, agradecimiento hacia ese Dios lleno de bondad y misericordia, que así se manifestaba a mi alma. 

Desde los siete años, más o menos, nació en mi alma una devoción muy grande a mi Madre, la Sma. Virgen. Le contaba todo lo que me pasaba, y Ella me hablaba. Sentía su voz dentro de mí misma clara y distintamente. Ella me aconsejaba y me decía lo que debía hacer para agradar a N. Señor. Yo creía que esto era lo más natural, y jamás se me ocurrió decir lo que la Sma. Virgen me decía. 

Desde que hice mi Primera Comunión, N. Señor me hablaba después de comulgar. Me decía cosas que yo no sospechaba y aún cuando le preguntaba, me decía cosas que iban a pasar, y sucedían. Pero yo segura creyendo que a todas las personas que comulgaban les pasaba igual, y una vez le conté a mi mamá no me acuerdo qué cosa de lo que N. Señor me dijo. Entonces me dijo lo dijera al Padre Colom, pero a mí me daba vergüenza. 

A los catorce años, cuando estaba enferma en cama, Nuestro Señor me habló y me dio a entender lo abandonado y sólo que pasaba en el tabernáculo. Me dijo que lo acompañara. Entonces me dio la vocación, pues me dijo que quería que mi corazón fuera sólo para El, y que fuera carmelita. Desde ese momento pasaba el día entero en una íntima conversación con N. Señor, y me sentía feliz en pasar sola. (C 87) 

Muy bien distinguía la voz de mi Madre Sma. y la de mi buen Jesús. Una vez tenía una duda; se la pregunté a la Sma. Virgen, pero oí otra voz muy diferente a las que oía, que siempre me ha quedado 

grabada. Esta voz no me aconsejó bien y me dejó muy turbada. Entonces invoqué con toda mi alma a la Sma. Virgen y Ella me contestó que el demonio me había respondido y que, en adelante,siempre le preguntara si era Ella la que me hablaba. Pero nunca más sucedió lo dicho. 

Como pasaba los días enteros unida a N. Señor, las ansias de sufrir y amar crecían cada vez más. A veces sentía tanto amor que me parecía no podía vivir si se hubieran prolongado por más tiempo.

Una vez, en la noche, antes de dormir, cuando hacía mi examen de conciencia, N. Señor se me representó con viveza tal que parecía lo veía. Estaba coronado de espinas y su mirada era de una tristeza tal, que no pude contenerme y me puse a llorar tanto, que el Señor me tuvo que consolar después en lo íntimo del alma. Duró unos dos minutos, más o menos, y su rostro quedó por mucho tiempo esculpido en mi memoria, y cada vez que lo representaba como lo había visto, me sentía deshacerme de arrepentimiento por mis pecados. El amor que le tenía creía cada vez más, y todo lo que sufría me parecía poco, y me mortificaba en todo lo que podía. Una vez en que la violencia del amor me dominó tomé un alfiler y grabé con él en mi pecho estas letras: J.A.M.– «Jesús, Amor mío». Y me hizo mal, porque me dio fatiga; pero nunca lo he dicho a nadie. Otra vez, queriendo imitar a Margarita María, tomé lo que había arrojado. Los remedios los tomaba despacio para saborear su amargura. Pero todo esto lo hacía sin decirle nada a mi confesor, porque me daba vergüenza. No me acuerdo bien si después le dije que Nuestro Señor me hablaba, pero él no le dio importancia. Solía suceder que lo que N. Señor me pedía para mi santificación, el Padre me lo repetía después con las mismas palabras en el confesionario. 

También una vez que rezaba unas «Ave Marías» para formarle una corona a la Sma. Virgen, desapareció todo ante mi vista y vi sobre la cabeza de mi Madre una corona toda llena de piedras preciosas que despedían rayos de luz, pero no vi su rostro. Yo creo que esto fue producido por mi imaginación, pues duró un segundo, y además deseaba saber si verdaderamente la Sma. Virgen recibía mis oraciones. 

N. Señor en el Smo. Sacramento dos veces me ha manifestado, pero casi de una manera sensible, su amor. Una vez me dio a entender su grandeza y después me dijo cómo se anonadaba bajo las especies de pan. Me pasó esto en el colegio. No sé si me notarían algo después, pues una monja me preguntó algo muy significativo, que me sorprendí y turbé toda. El año pasado N. Señor se me representó con su rostro lleno de tristeza y en una actitud de oración y los ojos levantados al cielo y con la mano sobre su Corazón. Me dijo que rogaba incesantemente a su Padre por los pecadores y se ofrecía como víctima por ellos allí en el altar, y me dijo hiciera yo otro tanto, y me aseguró que en adelante viviría más unida a El. Que me había escogido con más predilección que a otras almas, pues quería que viviera sufriendo y consolándolo toda mi vida. Que mi vida sería un verdadero martirio, pero que El estaría a mi lado. Su imagen quedó ocho días en mi alma. Lo veía con una viveza tal que pasé constantemente unida a El en su oración. A los ocho días no la vi más, y aunque después quise representármela tal como era, no pude. Quizás fue por mi culpa que la dejé de ver, pues no fui recogida después. 

Después no he vuelto a ver nada especial. N. Señor me habla, pero mucho menos. Y ahora nunca me dice nada que no sea sólo para mi alma, pues una vez le principié a preguntar muchas cosas, que no 

se relacionaban con mi alma. Entonces me dijo que nunca le preguntara, sino que me contentara con lo que El me decía. Sólo dos veces me ha dicho cosas que no se han cumplido. Por eso, desconfío sea N. Señor el que me habla. Sin embargo sus palabras siempre me dejan paz, humildad, arrepentimiento y recogimiento. 

Juzgue Ud., Rdo. Padre, todas estas cosas, y dígame qué debo hacer, pues a mí se me figura que son ilusiones y fantasías de mi espíritu. 

También le ruego decirme sobre qué debo meditar, pues en la meditación no veo saco mucho provecho. Siento una ansia ardiente por contemplar a Dios, pero parece que mi entendimiento se ve rodeado de tinieblas que me impiden la contemplación. Anoche N. Señor me permitió contemplara la infinidad divina. Estuve una hora y cuarto. Vi con claridad la infinidad de Dios y después mi pequeñez. Saqué mucho fruto, porque he estado recogida, humillada y con mucho agradecimiento hacia ese Dios que me busca a pesar de mi pequeñez, a pesar de que soy tan pecadora e infiel a sus gracias. Dígame qué debo hacer en la oración, por caridad; pues quiero conocer a mi Divino Esposo, a fin de amarle cada día más. 

Rdo. Padre, no sabe cuánto le agradezco el interés que se toma por esta alma que merece sólo ser despreciada. ¿Qué bueno se puede esperar de tanta miseria? Sin embargo, si aspiro a ser santa,es porque confío que N. Señor me ayudará. El nunca olvida a los que ponen en El su confianza. 

Dios le pagará a su Reverencia tanta caridad, pues así se lo pido todos los días. 

En el C.J.M.J. su H.S.S. 

Juana 

Dispense todo, por caridad.