Ficha n.2 P. Julio González C.

Ficha n.2 P. Julio González C.

S. Teresa de Ávila, Madre y Maestra de Juanita Fernández

Primer centenario de la pascua de Juanita a la Casa del Padre

Hna. Teresa de Jesús, contemplativa y mística.

Objetivo: Conocer esta otra etapa de la vida de oración de la novicia Teresa de Jesús con sus características particulares. Se trata de los fenómenos místicos, que S. Teresa de Ávila describe y que de los que participó también Juanita Fernández. Nos remitimos a su experiencia y las huellas que dejaron en su espiritualidad. Le damos la palabra a la Santa abulense, la Maestra y a Juanita, una buena discípula en los caminos de la mística.

En la breve vida de Juanita Fernández, más tarde Hermana Teresa de Jesús, hay otro campo de su experiencia poco conocido y estudiado. Se trata de lo que podríamos denominar su vida mística. Es otro caudal de experiencia en que la Santa abulense ayudó a comprender estos fenómenos extraordinarios a Juanita, comprendió su sentido místico y que admirablemente supo comunicar a los demás, sin explicarlos, con lo que se gana el título de maestra de oración. En Vida escribe Teresa de Ávila: “Una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es” (V 17,5)

Llama la atención la naturalidad y sencillez como vive estas experiencias y su deseo de comunicarlas a otros, sus amigas, pensando que su forma de orar puede ser un bien para ellas. Aprendió de la Santa a distinguir muy bien estos fenómenos místicos, afanosa de evitar el engaño que podía venir de su entendimiento, imaginación o sencillamente del demonio.

Una vez en el Carmelo, describe en una carta, reflejo y espejo de su alma, donde identifica estas gracias, modos de oración, que la llevan a la unión más profunda con Dios, donde confluyen su vida psicológica y práctica, orante y contemplativa.

A una amiga de la que no conocemos el nombre le escribe: “El primer grado es la meditación que consiste en reflexionar sobre una verdad. Eso tú lo sabes mejor que yo. Lo esencial de la oración es inflamar la voluntad en amor de Dios, pues si esto se consigue, se tiene fuerza para obrar la virtud. Ahora bien, hay otro modo de oración, y es el de la locución. Esto consiste en sentir interiormente una voz que parece ser, ya de N. Señor o de la Santísima Virgen, que dice lo que se debe hacer para ser buena u otras cosas. A veces es el mismo entendimiento el que con rapidez forma razones; pero otras veces es N. Señor que inspira al alma. Sin embargo, a lo único que se debe atender es al provecho que recibe el alma en esa comunicación, sin fijarse si es Dios o si es su razón. Hay otros modos de oración, pero sería muy largo de explicar. Lo único que te diré es que, cuando un alma se da a Dios por entero, Él se le manifiesta de tal modo, que el alma va descubriendo en El, horizontes infinitos y, por lo tanto, amándolo y uniéndose más a Él.” (Cta.138).

Esta lectura y lo que vivió Juanita Fernández son más que un eco de estos acontecimientos en la vida de otros Santos o Santas, son experiencias nuevas suscitadas por el mismo Espíritu Santo en el alma cristiana para bien de su Iglesia.

Haciendo un pequeño registro de ese tipo de gracias, sin acabar este tema, encontramos:

1.- Locuciones

En palabras sencillas, se trata de locuciones místicas o hablas interiores. Es una forma singular de revelación, pero a su vez, de conocimiento vital de lo sobrenatural. Dios habla y S. Teresa de Ávila escucha, y distingue entre ellas: las locuciones corporales, percibidas por los sentidos externos (cfr. V 25; 27; 6 M 3); imaginarias intelectivas, formadas en los sentidos internos, pero tienen dominio en la imaginación. El espacio más concreto de estas locuciones es cuando se hace presente el espíritu de recogimiento (cfr. V 25,5; 7M 1,5; R 54,6); hay certeza que son de Dios, aunque aparece el temor de ser engañados por el demonio o por la imaginación, por ello se consulta a directores espirituales (cfr. V 25,7; 6M 3,4-5). Ellas comunican grandes verdades, palabras sustanciales (cfr. V 25,3. 4. 6.8; 6M 3,5).

Locuciones intelectuales, se caracterizan por una visión intelectual; son imprevista; conceden una certeza mayor que las imaginarias, es una mejor comunicación de grandes secretos y verdades (6M 3,12.13.15).

Locuciones intelectuales puras, se caracterizan por no tener palabras ni en el sentido, ni en la imaginación ni en el entendimiento. Los sentidos están muy en sus funciones, no están suspendidos, pero completamente pasivos; hay certeza absoluta, hay más certeza que las otras locuciones o hablas místicas; el demonio no tiene poder aquí, puesto que sólo Dios actúa y concede estas gracias. Por ser puras, permanecen esculpidas, fijas, impresas en el alma. Son una intuición de Dios en fe, de ahí que estas hablas, tienen por objeto al mismo Dios, sus atributos y misterios como la Santísima Trinidad (cfr. V 27,6.7.9; 5 M 3,16).

La influencia de estas locuciones en la vida psicológica y espiritual de S. Teresa de Ávila se puede reducir a que sus palabras son obras (V 25,18; 6M 3,5; 7M 2,7). No se comprendería la vida y obras de esta mística sin estas locuciones venidas de Dios.

La joven candidata al Carmelo escribe al P. Artemio Colom, jesuita, dando razones para ser carmelita y le habla de su oración.

“Mi oración consiste casi siempre en una íntima conversación con Nuestro Señor. Me figuro que estoy como Magdalena a sus pies escuchándole. Él me dice qué debo hacer para serle más agradable. A veces me ha dicho cosas que yo no sé. Otras veces me dice cosas que no han pasado y que después suceden, pero esto es en raros casos. Me ha dicho que seré carmelita y que en mayo de 1919 me iré. Esto me lo dijo de este modo: le pregunté que de qué edad me iría. Entonces me dijo que de 18 años y que me faltaban 5 meses y sería en mayo. Todo esto me lo dio a entender rápidamente, sin que yo tuviera tiempo para sacar la cuenta de que el quinto mes era mayo. Después la saqué y vi que, efectivamente, para mayo faltaban cinco meses; por esto vi que no era yo la que me hablaba. Otras veces me dice cosas que yo no recuerdo y que, aunque quiero, no puedo hacerlo. Otra vez estaba delante del Santísimo en oración con mucho fervor y humildad; entonces me dijo que quería que tuviera una vida más íntima con El; que tendría mucho que sufrir y otras c osas que no recuerdo. Desde entonces quedé más recogida, y veía con mucha claridad a N. Señor en una actitud de orar, como yo lo había visto en una imagen. Pero no lo veía con los ojos del cuerpo, sino como que me lo representaba, pero era de una manera muy viva que, aunque a veces yo antes lo había querido representar, no había podido. Lo vi de esta manera como ocho días o creo más y después ya no. Y ahora tampoco lo puedo hacer.” (Cta.56).

El 3 de febrero de 1919 escribe al P. José Blanch, CMF, contándole su visita al monasterio de los Andes. Le explica las razones para ser monja carmelita y no religiosa del S. Corazón. Destaca la importancia de la vida de oración:

“Porque la vida de oración y de unión con Dios es lo que más amo más por encontrarla la más perfecta; ya que es una vida de cielo; en cierto modo, pues la carmelita no se preocupa sino de unirse con Dios, de contemplarle siempre y de cantar sus alabanzas. Esa sed de oración crece en mí por momentos y mi recogimiento ahora es casi continuo; pues todo lo que hago, lo hago con mi Jesús y se lo ofrezco a Él por amor. Cuando no puedo tener mi oración por cualquier motivo, sufro por no poder estar con mi Dios.” (Cta.58).

Luego, en la misma carta antes citada, habla de la soledad del Carmelo que favorece el recogimiento, estando sola, está con Dios, así crece la unión, que define como la santidad; la pobreza que busca dejarse enriquecer sólo por Dios, para poseer sólo a Dios. El modelo es Jesús, su Esposo, que no tuvo donde reclinar la cabeza.

La penitencia, la entiende al estilo sanjuanista, poner en orden la casa del sentido, el cuerpo sometido al alma, es decir, a la casa del espíritu (cfr.1S 13; D 40;46). El modelo es Jesús Crucificado, que muere por los pecados de la humanidad; la penitencia de la carmelita, es por sus pecados y los de la humanidad, motivada siempre por el amor (2S 7,11; Cta.149). Muy unido está su idea del sacrificio perpetuo de la carmelita que, como víctima, como el Cordero de Dios, lleva sobre sus hombros los pecados del mundo, para que con su sacrificio las ovejas extraviadas vuelvan al redil. El silencio es el mejor cómplice, nadie conoce su sacrificio, así como el mundo no conoció a Cristo, tampoco nadie conoce la abnegación de la carmelita, lo que encanta a Juanita. El vaciamiento interior se manifiesta, en no ver el fruto de su sacrificio y oración que sólo conocerá en la vida eterna.

Termina sus razones presentado el fin de la vida carmelitana.

“El fin que se propone es muy grande: rogar y santificarse por los pecadores y sacerdotes. Santificarse a sí misma para que la savia divina se comunique, por la unión que existe entre los fieles, a todos los miembros de la Iglesia. Ella se inmola sobre la cruz, y su sangre cae sobre los pecadores, pidiendo misericordia y arrepentimiento. Cae sobre los sacerdotes santificándolos, ya que en la cruz está con Jesucristo íntimamente unida. Su sangre está, pues, mezclada con la divina. Todas estas consideraciones que le hago, Rdo. Padre, son las que me inducen a preferir el Carmen, pues creo que en esta vida he de alcanzar la santidad. La he escogido porque veo que, escogiéndola, he de encontrar la cruz; y andaría -creo- todo el mundo con la gracia de Dios para buscarla y poseerla, pues en ella está Jesucristo.” (Cta.58).

La joven aspirante al Carmelo tiene claro que con ese proyecto de vida alcanzará la santidad.

Luego de las consideraciones, en este verdadero tratado de vida espiritual, expone las razones personales: “Por qué quiero ir a Los Andes”. Primero porque encontró que las monjas poseen el espíritu de S. Teresa de Jesús. Segundo. Ha constatado que Dios escucha las oraciones de las monjas, su viaje se debe a las plegarias de las novicias. Cree que son muy santas para ser así escuchadas. La atrae la sencillez y alegría de la comunidad, la familiaridad, lo que aumenta su recogimiento y paz. Confiesa que ese viaje a Los Andes causó admiración entre sus conocidos. Mientras tanto, se levantan las dudas acerca del futuro de su decisión, pero al mismo tiempo, es feliz y con una gran paz interior como hacía tiempo no sentía. Concluye con una gran certeza: “Todo esto me da a entender que N. Señor me quiere allí” (Cta.58).

En otra carta al P. Antonio Mª Falgueras SJ., Juanita hace una nueva declaración de su rica vida espiritual donde con mucha claridad establece como el Señor Jesús y la Santísima Virgen María le hablan desde el momento de su Primera Comunión.

Confidente de la Santísima Virgen María desde los siete años.

“Le contaba todo lo que me pasaba, y Ella me hablaba. Sentía su voz dentro de mí misma clara y distintamente. Ella me aconsejaba y me decía lo que debía hacer para agradar a N. Señor. Yo creía que esto era lo más natural, y jamás se me ocurrió decir lo que la Sma. Virgen me decía.” (Cta. 87).

Jesús le habla desde la primera vez que vino a su alma.

“Desde que hice mi Primera Comunión, N. Señor me hablaba después de comulgar. Me decía cosas que yo no sospechaba y aun cuando le preguntaba, me decía cosas que iban a pasar, y sucedían. Pero yo segura creyendo que a todas las personas que comulgaban les pasaba igual, y una vez le conté a mi mamá no me acuerdo qué cosa de lo que N. Señor me dijo. Entonces me dijo lo dijera al Padre Colom, pero a mí me daba vergüenza.” (Cta. 87).

Jesús le pide sea carmelita

“A los catorce años, cuando estaba enferma en cama, Nuestro Señor me habló y me dio a entender lo abandonado y sólo que pasaba en el tabernáculo. Me dijo que lo acompañara. Entonces me dio la vocación, pues me dijo que quería que mi corazón fuera sólo para El, y que fuera carmelita. Desde ese momento pasaba el día entero en una íntima conversación con N. Señor, y me sentía feliz en pasar sola.” (Cta. 87)

De estas hablas, Juanita saca una lección: contentarse con lo que le dice el Señor para su alma y lo más importante: “Sus palabras siempre le dejan paz, humildad, arrepentimiento y recogimiento.” (Cta.87).

2.- Oración de recogimiento

Este grado de oración es una interiorización, superación del esfuerzo humano y de lo discursivo de la meditación, puerta de la acción profunda de Dios y mayor conciencia de su presencia en la vida del orante (cfr. CV 26- 28-29).

Siempre al P. Artemio Colom le cuenta: “He tenido a veces en la oración mucho recogimiento, y he estado completamente absorta contemplando las perfecciones infinitas de Dios; sobre todo aquellas que se manifiestan en el misterio de la Encarnación. El otro día me pasó algo que nunca había experimentado. N. Señor me dio a entender una noche su grandeza y al propio tiempo mi nada. Desde entonces siento ganas de morir ser reducida a la nada, para no ofenderlo y no serle infiel. A veces deseo sufrir las penas del infierno con tal que, sufriendo esas penas, le pagara sus gracias de algún modo y le demostrara mi amor, pues encuentro que no lo amo. En esto consiste mi mayor tormento. Esto pensé en la noche antes de dormirme, y en la mañana amanecí con mucho amor.” (Cta.56).

Esa experiencia de la Encarnación es considerada, junto con la Resurrección, como la mayor obra de Dios, según S. Juan de la Cruz (Cfr. CB. 5,3-4; 7,3.7; 23,1; 37,1). La segunda experiencia se refiere a lo que alude el Santo cuando explica la noche pasiva del espíritu (2N 5-6). Pareciera aludir Juanita a experimentar la grandeza de Dios y la miseria propia (2N 6,4). Respecto a sufrir las penas del infierno, a cambio de pagar el amor de Dios, evoca S. Teresa de Lisieux, que habiendo experimentando transportes de amor divino, crecía el amor de Dios en su alma, quería hundirse en ese antro, para desde ahí fuese amado Dios eternamente en ese lugar de blasfemias (Ms. A 52v).

Siempre en la carta al P. Artemio, hay que estacar la mención que hace de este estado de los grados de amor que S. Juan de la Cruz describe en el Libro II de la Noche cuando habla de la escala de amor (2N 19-20).

“Leí la Suma Espiritual de San Juan de la Cruz, en que expone los grados del amor de Dios, y habla de oración y contemplación. Con esto sentí que el amor crecía en mi de tal manera que no pensaba sino en Dios, aunque hiciera otras cosas, y me sentía sin fuerzas, como desfallecida, y como si no estuviera en mi misma. Sentí un gran impulso por ir a la oración e hice mi comunión espiritual, pero al dar la acción de gracias me dominaba el amor enteramente. Principié a ver las infinitas perfecciones de Dios, una a una, y hubo un momento que no supe nada: estaba como en Dios. Cuando contemplé la justicia de Dios hubiera querido huir o entregarme a su justicia. Contemplé el infierno, cuyo fuego enciende la cólera de Dios, y me estremecí (lo que nunca, pues no sé por qué jamás me ha inspirado ese terror). Hubiera querido anonadarme pues veía a Dios irritado. Entonces haciendo un gran esfuerzo, le pedí desde el fondo de mi alma misericordia.” (Cta. 56).

Estos diez grados de amor, explican la subida del alma a Dios, por la “secreta escala”, según S. Juan de la Cruz (2S 17-21). Pareciera que Juanita describe la vivencia del primer grado cuando este amor, hace enfermar al alma de amor, según S. Juan de la Cruz: “Desfallece el alma al pecado y a todas las cosas que no son Dios, por el mismo Dios, como David (Sal. 142, 7) testifica diciendo: Desfalleció mi alma, esto es, acerca de todas las cosas a tu salud. Esta enfermedad y desfallecimiento a todas las cosas, que es el principio y primer grado para ir a Dios, bien lo habemos dado a entender arriba, cuando dijimos la aniquilación en que se ve el alma cuando comienza a entrar en esta escala de purgación contemplativa, cuando en ninguna cosa puede hallar gusto, arrimo, ni consuelo, ni asiento.” (2N 19,1).

Ese impulso que mueve a Juanita “a ir a la oración y hacer la comunión espiritual; pero al dar la acción de gracias me dominaba el amor enteramente” (Cta.56). Se podría interpretar como esa búsqueda de Dios, segundo grado de esta escala del amor. El místico carmelita enseña: “Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en todas las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa, luego piensa en el Amado; en cuanto habla, en cuantos negocios se ofrecen, luego es hablar y tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa, todo su cuidado es en el Amado, según arriba queda dicho en las ansias de amor.” (2N 19,2).

Cuando Juanita contempla las perfecciones divinas “una a una…estaba como en Dios” (ibíd.); cuando contempla “la justicia de Dios hubiera querido huir o entregarme a su justicia” (ibíd.). Descubre la imperfección de sus obras.

“Contemplé el infierno, hubiera querido anonadarme, pues veía a Dios irritado, le pedí desde el fondo de mi alma misericordia” (ibíd.). Esta experiencia se podría acerca al tercer grado de amor donde el alma busca obrar por Dios y “le pone calor para no faltar” (2N 19,3). El temor de Dios y el amor, le hacen ver lo poco que hace por Dios. El amor le enseña lo que Dios merece, por otra, con pena, se lamenta de obrar así para tan gran Señor.

Siempre en esta declaración Juanita, la enamorada de Jesús, es invitada a ser perfecta como Dios, y así crecer en unión con ÉL.

“Vi lo horrible que es el pecado, y quiero morir antes que cometerlo. Me dijo tratara de ser perfecta; Y cada perfección suya me la explicó prácticamente: que obrara con perfección, pues así habría unión entre Él y yo, pues Él obraba siempre con perfección. Estuve más de una hora sin saberlo; pero no todo el tiempo en gran recogimiento. Después quedé que no sabía cómo tenía la cabeza. Estaba como en otra parte, y temía que me vieran y notaran algo en mi especial. Por lo que rogué a N. Señor me volviera enteramente.” (ibíd.).

De estos grados el que más experimentó es el cuarto grado, es decir, sufrir sin fatigarse: “Sufro: esta es la palabra lo expresa todo para mí. ¡Felicidad!” (D 20, Cta. 56; 2N 19,4).

Este amor divino que arde en el alma de Juanita, la impulsa a vivir la santidad. Es la obra del Espíritu Santo que la introduce a vivir el estado de los perfecto que corresponde al noveno y décimo grado, es decir, arder suavemente en Dios y finalmente asimilarse totalmente en Dios (2N 20, 4-5). El místico carmelita lo presenta así:

“El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad. Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente, porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la unión que tienen con Dios” (2N 20,4).

Este décimo grado es prácticamente un anticipo en vida de la visión beatífica, donde llega a su plenitud la bienaventuranza acerca de los puros de corazón que verán a Dios (Mt.5,8), y alcanzará la semejanza con ÉL (1Jn.3,2), divinización del hombre “Dios por participación” (2N 20,5).

Hay que señalar que este amor purgado se vive en el corazón y salida de la noche del espíritu, por esto el místico asegura que estas almas no conocerán el Purgatorio. Con este amor secreto el alma va saliendo de todas las cosas y como el fuego sube hacia arriba se engolfa en su propio centro, así el alma se engolfa en Dios.

Para reflexionar

1.- ¿Ha transformado mi vida la oración, la meditación del misterio de Jesús?

2.- ¿Soy consciente de la importancia de la vida de oración al servicio de la Iglesia?

3.- ¿El amor de Dios transforma mi vida y lo comunico al prójimo?

Conclusión

Admirable la obra de Dios en esta joven que la hace vivir estas experiencias mística que la hacen crecer en lo humano y cristiano, en comunión con Cristo y el prójimo donde el amor divino la purifica y une y participa de la vida de Dios.

P. Julio González C.

Pastoral de Espiritualidad Carmelitana.

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