Ficha n.3 P. Julio González C.

Ficha n.3 P. Julio González C.

S. Teresa de Ávila, Madre y Maestra de Juanita Fernández

Primer centenario de la pascua de Juanita a la Casa del Padre

Busco tu rostro Señor.

Objetivo. Entrar en este otro campo de la espiritualidad de Juanita Fernández, como son las visiones que son otro velo que la mano de Dios corre para vislumbrar el misterio de Jesucristo y del hombre. Como fenómeno místico está sujeto a la gracia de Dios que los concede con una finalidad: hacer participar al cristiano de su vida divina.

Visiones imaginarias

En cuanto a este campo de fenómenos místicos voy a seguir las explicaciones de Mauricio Martin1, quien ha estudiado profundamente este tema. La idea es que lo vivido por Teresa de Los Andes tenga un sustento teológico y místico claro, lo que le aportó S. Teresa de Ávila, dejando abierto el campo al estudio de futuros especialistas en la santa chilena. Ella vivió todos estos fenómenos místicos que describe la Doctora mística, pero lo que tenemos en sus escritos, nos basta para indicar que tuvo una experiencia mística singular al respecto.

S. Teresa de Ávila, experimentó visiones imaginarias, intelectuales, visiones mixtas y las intelectuales puras.

La visión mística

La visión es propia del sentido de la vista, es su exclusividad. Concretamente se refiere a percepciones del entendimiento, actuaciones de nuestras facultades espirituales, con la que los místicos buscan expresar realidades que han percibido secreta, mística y misteriosa.

La visión mística consiste en percibir realidades sobrenaturales, contacto con objetos naturalmente invisibles, no visibles naturalmente para el hombre. Se puede definir como forma de contemplación pura, admirable experiencia mística, comunión del alma con realidades espirituales y divinas. Es una experiencia intelectiva, es un reflejo de lo que será la visión beatífica, la que se empieza a saborear en las séptimas moradas.

La Santa clasifica las visiones en corporales, imaginarias, intelectuales. Corresponden a las facultades del ser humano: sentidos externos, internos y facultades espirituales (V 30,4). No se dan necesariamente puras, sino que pueden ser mixtas, dependiendo de los sentidos y las facultades implicadas (V 28,9). La Santa no habla de una visión mixta propia, sino que refiere una de otra persona (F 20,7). Con ello, se puede sostener que por la experiencia que tuvo se dan visiones más bien mixtas que imaginarias puras o intelectuales puras.

El mérito de la Santa de Ávila consiste en poner por escrito lo vivido por su alma. Estas clasificaciones se pueden conocer de su pluma y letra en 6 M 8-9. En el primer capítulo (cap.8), encontramos las visiones intelectuales; en que no se ve ni por los ojos del cuerpo ni del alma. Este tipo de visiones son sin forma, no hay nada que ver; lo que se siente es la presencia, un modo de ver y entender, pero no se percibe nada.

En el otro capítulo (cap.9), la Santa deduce estas visiones místicas: Imaginarias, se ve con los ojos del alma: sentidos internos. Intelectuales, no se ven con los ojos del alma, más perfectas que las imaginarias. Finalmente, unas visiones místicas intelectuales, de más alto grado y más puras y perfectas, propias de las séptimas moradas (4M 2,1s).

Características de estas visiones místicas

De los textos confesionales, declaraciones, hechos por la Santa en sus obras encontramos las propiedades de este tipo de fenómenos místicos.

Visiones corporales: consiste en ver con los ojos del cuerpo, sentidos externos, una realidad espiritual. La Santa no tuvo esta experiencia, aunque sí quiso tenerla para dar una explicación, cuando no le creían los confesores, de lo visto de otra forma. (V 28,4; 29,2; 30,4; Rel.53; 4M 9,4).

Visiones imaginarias: consta de la presencia de imágenes, formas concretas y determinadas. ¿Cómo se percibe? Con los ojos del alma, es decir, con los sentidos internos (cfr. V 7,6; 27,3; 28,9; 30,4; 31,10; 6 M 5).

Juanita Fernández le escribe al P. Antonio María Falgueras SJ, le narra acerca de su vida de oración y fenómenos místicos. Este testimonio es de 24 de abril de 1919, poco antes de su ingreso al Carmelo de Los Andes (Cta.87).

“Una vez, en la noche, antes de dormir, cuando hacía mi examen de conciencia, N. Señor se me representó con viveza tal que parecía lo veía. Estaba coronado de espinas y su mirada era de una tristeza tal, que no pude contenerme y me puse a llorar tanto, que el Señor me tuvo que consolar después en lo íntimo del alma. Duró unos dos minutos, más o menos, y su rostro quedó por mucho tiempo esculpido en mi memoria, y cada vez que lo representaba como lo había visto, me sentía deshacerme de arrepentimiento por mis pecados. El amor que le tenía creía cada vez más, y todo lo que sufría me parecía poco, y me mortificaba en todo lo que podía. Una vez en que la violencia del amor me dominó tomé un alfiler y grabé con él en mi pecho estas letras: J.A.M.-«Jesús, Amor mío». (Cta.87; V 27,5; 38,16; 40,3).

Tenemos otra declaración de la Hna. Teresa de Jesús al P. Julián Cea del 14 agosto de 1019 (Cta.122). Han pasado unos meses de su ingreso al Carmelo, al sacrificio de haber dejado su familia, Dios ha respondido con gracias místicas de comunicaciones interiores.

“También se me han representado imágenes interiores de N. Señor en ciertas épocas. Una vez, se me representó N. Señor agonizante, pero en forma tal que jamás lo había visto. Me tuvo ocho días sumida en una verdadera agonía, y lo veía a toda hora. Después cambió de forma, y el día del Sagrado Corazón se me presentó Jesús con una belleza tal, que me tenía completamente fuera de mí misma. Ese día me hizo muchas gracias. Entre otras, me dijo que me introducía en su Sagrado. Corazón para que viviera unida a Él; que uniera mis alabanzas a la Santísima Trinidad a las suyas; que todo lo imperfecto Él lo purificaría. (Cta.122; Rel. 57;13;15,2).

Visiones intelectuales

Dos condiciones para que existan: ausencia de cualquier forma o imagen. No hay visión ni con los ojos del cuerpo, ni con los del alma. La otra, es su inefabilidad (V 27,2.3; 33,15;38,17.28;39,22;40,9; 6M 5,8; 7 M1,6; Rel. 36,1). Esta es una señal clara de inefabilidad: el trabajo de la Santa por traducir algo de lo vivido, lo captado, lo contemplado. Cuando usa comparaciones, imágenes recurrentes para hacer contable su experiencia, es porque se refiere a esa inefabilidad. Felizmente, la Santa recibió la gracia de saber comunicar es místico, secreto, misterioso, inefable (V 17,5).

La joven postulante al Carmelo, Juanita Fernández, luego de esta experiencia le escribe al P. José Blanch, CMF. Escrita el 3 de febrero de 1919.

“Una vez que estuve delante del Santísimo N. Señor me habló y me dijo que desde ese momento estaría mucho más unida a Él. Y que El, como me amaba, quería que estuviera a su lado. Pero también que sufriría mucho en mi vida. Desde entonces principié a estar mucho más unida a Él. Vera -pero no con los ojos del cuerpo- a mi lado a N. Señor en actitud de orar a su Eterno Padre, como yo lo había visto hacía mucho tiempo representado en una imagen. Lo estuve viendo, así como ocho días y después, aunque lo quise representar, no pude, pues antes era de una manera vivísima.” (Cta.58; V 27,2).

Nuevamente escribe como laica al P. Falgueras, SJ., el 24 de abril de 1919.

N. Señor en el Smo. Sacramento dos veces me ha manifestado, pero casi de una manera sensible, su amor. Una vez me dio a entender su grandeza y después me dijo cómo se anonadaba bajo las especies de pan. Me pasó esto en el colegio. No sé si me notarían algo después, pues una monja me preguntó algo muy significativo, que me sorprendí y turbé toda. El año pasado N. Señor se me representó con su rostro lleno de tristeza y en una actitud de oración y los ojos levantados al cielo y con la mano sobre su Corazón. Me dijo que rogaba incesantemente a su Padre por los pecadores y se ofrecía como víctima por ellos allí en el altar, y me dijo hiciera yo otro tanto, y me aseguró que en adelante viviría más unida a Él. Que me había escogido con más predilección que a otras almas, pues quería que viviera sufriendo y consolándolo toda mi vida. Que mi vida sería un verdadero martirio, pero que El estaría a mi lado. Su imagen quedó ocho días en mi alma. Lo veía con una viveza tal que pasé constantemente unida a Él en su oración. A los ocho días no la vi más, y aunque después quise representármela tal como era, no pude. Quizás fue por mi culpa que la dejé de ver, pues no fui recogida después. (Cta.87).

Éxtasis

S. Teresa de Ávila, vivió un largo período de éxtasis, en medio de múltiples actividades, como escritora y fundadora. El período de mayor frecuencia de estos fenómenos va de 1560 a 1570. En sus escritos dejaron huella estos éxtasis en su vida espiritual y mística (V 18-21.24; 6 M 4-6; Rel.5,7-14: CV 32,12; CMD 6-7; F 4-5; Cta.177,3-4). El abundante vocabulario que usa para comunicar esta experiencia, habla de su variedad o matices que tienen los éxtasis. Tenemos éxtasis, arrobamiento, arrebatamiento, rapto, suspensión de sentidos y potencias, elevamiento, levantamiento, vuelo de espíritu, salir de sí, estar fuera de sí, estar fuera del cuerpo, tener absortas las potencias, etc.

Dentro de su vida de oración, la Santa los sitúa en la fase de unión mística, previa al desposorio espiritual, son las joyas que el Esposo confía a la esposa (6M 5,11). Su primera experiencia de éxtasis, la tiene en un momento de oración, le había pedido al Señor querer contentarle en todo y al comenzar el himno Veni Creator, “vínome un arrebatamiento tan súbito que casi me sacó de mí, cosa que yo no pude dudar, porque fue muy conocido. Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamientos. Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles. A mí me hizo mucho espanto, porque el movimiento del ánima fue grande, y muy en el espíritu se me dijeron estas palabras, y así me hizo temor, aunque por otra parte gran consuelo, que en quitándoseme el temor que –a mi parecer- causó la novedad, me quedó.” (V 24,5). Esto ocurría en 1556, la Santa contaba con cuarenta y un años.

La Humanidad de Cristo, otro hito de su vida mística, es ocasión de una serie de éxtasis o arrobamientos. Nadie podría sufrir esa experiencia sin entrar en éxtasis ante esa divina presencia y gozar (V 27,10; 28, 9; 29, 2.14; 31,11). La fundación del Carmelo de S. José, fue otra ocasión de arrobamientos, que ahora tienen carácter público, lo que crea una resistencia de parte de la Santa, con deseos de huir del lugar (V 33,4.14; 34,2.17; 38,1.510-11.18; 6M 4,16). Era arrobamientos crecían, que la sorprenden a ella pero que los demás también reconocen esos momentos de éxtasis, ella desearía que la enterraran viva, antes de sufrir esa experiencia (Rel.2,2; V 31,12-13; 39,22-23.25-26; 40,1.5.7.9). Al final de la vida mística, entiéndase en las séptimas moradas, donde siente que el Señor la fortalecido, habilitado, ensanchado interior, esos fenómenos son menos frecuentes (7M 3,11-12; F 28,36; Cta.177,3).

¿Qué es un éxtasis místico?

Junto al vocabulario ya mencionado, podemos agregar que el éxtasis, salida del alma del cuerpo, tiene un componente metafísico, es decir, pérdida de relación con la realidad que lo circunda, no registra como impulsos que vengan de lo exterior. Su cuerpo se desconecta de la sensibilidad del propio cuerpo, no siente dolor físico. Su centro esencial está en su espíritu, lo que se sustrae al control consiente del yo. Lo interior es arrebatado, de ahí que el extático esté fuera de sí, fuera del propio yo. Lo que diga o haga, no responde a su yo sino a una fuerza superior que lo posee a él. La mejor definición es tener la experiencia de ser poseído con intensidad, con pérdida de la sensibilidad y de relación con la realidad circundante.

Los testimonios que nos dejó S. Teresa no son teoría, son en vivo, nacidos de su experiencia (V 18,8), y de la ajena (V 20,21;6 M 9,17). Hay que reconocer el esfuerzo doctrinal que hizo para comunicar el contenido de esos éxtasis. En lo exterior se trata de lo corpóreo y sensible, pero periférico para la Santa, donde se experimenta un gran deleite, un desfallecimiento de las fuerzas corporales (V 20,28; 18,10). Lo interior, se refiere lo espiritual y su contenido noético es decir, intuir, comprender el misterio divino. Según la Santa el éxtasis místico conlleva un fuerte contenido de conocimiento del misterio divino con su carga afectiva de amor, ternura, gozo y dolor, lo que deriva en un crecimiento en la unión con Dios. El éxtasis místico cristiano es un sumergirse del hombre en el misterio divino.

“Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente. ¡Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuánto más decir! Estaba yo pensando cuando quise escribir esto, acabando de comulgar y de estar en esta misma oración que escribo, qué hacía el alma en aquel tiempo. Díjome el Señor estas palabras: Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que vive, sino Yo. Como no puede comprender lo que entiende, es no entender entendiendo.

Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto, porque no se puede decir más claro, por ser tan oscuro lo que allí pasa. Sólo podré decir que se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre que en ninguna manera se puede dejar de creer.

Aquí faltan todas las potencias y se suspenden de manera que en ninguna manera -como he dicho- se entiende que obran. Si estaba pensando en un paso, así se pierde de la memoria como si nunca la hubiera habido de él. Si lee, en lo que leía no hay acuerdo, ni parar. Si rezar, tampoco. Así que a esta mariposilla importuna de la memoria aquí se le queman las alas: ya no puede más bullir. La voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama. El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende; al menos no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no me parece que entiende, porque -como digo- no se entiende. ¡Yo no acabo de entender esto!” (V 18,14). Queda en el entendimiento la grata sensación de creer grandes verdades de la fe, que no se puede dejar de creer en Dios (V 21,9; 6M 4,6.9).

La Hermana Teresa de Jesús escribe al P. Julián Cea, CMF, donde le confía que Dios la toma para sí. Es Jesús quien vive en ella, no ella. L carta es del 14 de agosto de 1919.

“Hacen 6 [días], estando en la acción de gracias después de la comunión, sentí un amor tan grande por N. Señor que me parecía que mi corazón no podía resistir; y al mismo tiempo -créame, Padre, que no sé decirle lo que me pasó, pues quedé como atontada- he pasado todos estos días como si no estuviera en mí. Hago las cosas, pero sin darme cuenta. Después, en la oración, se me presentó Dios, e inmediatamente mi alma parecía salir de mí; pero con una violencia tal, que casi me caí al suelo. No pierdo los sentidos, pues oigo lo que pasa al lado, pero no me distraigo de Él. Sobre todo, cuando el espíritu sube más, entonces no me doy cuenta (esto es por espacio de minutos, creo) pero paso la hora casi entera en este levantamiento de espíritu; pero eso sí que con interrupciones, aunque en estas interrupciones no vuelvo bien en mí. Después mi cuerpo queda todo adolorido y sin fuerzas. Casi no puedo tenerme en pie. Y el otro día me pasó que no tuve fuerzas ni aún para llevarme el tenedor a la boca. Tenía tan pesado y adolorido el brazo que no podía. Creo que pasaron dos [días] sin poder hacer nada. En estos propósitos estaba, cuando de repente se me vino a la mente el anonadamiento de Dios bajo la forma de pan, y me dio tanto amor que no pude resistir; y mi alma, con una fuerza horrible, tendía a Dios. Después sentí esa suavidad, la que me inundó de paz y me convenció que era Dios. (Cta.122; V 20,18; 6M 4).

A la hora de valorar estos éxtasis se puede concluir que todo está en relación al contenido interior del mismo. Lo concibe como un impulso de unión con Dios, y más que el plano psicológico, cuenta con ello, se mueve en el plano de la gracia, y viendo loe efectos, son de grandísimo provecho en el orden moral y teologal (V 20,23). Estas vivencias elevan, transforman, purifican en un grado mayor, que lo que produciría una ascesis comprometida, labra lo interior como el oro en el crisol, enseña la Santa (V 20,15-16; 6M 11,1).

En definitiva, el aporte espiritual del éxtasis porque se trata de una acercarse a lo divino, al misterio de la fe, intensifica la unión con Dios (V 20,1). Es uno de los elementos que conforman la vida espiritual y místico. Pero la Santa nunca afirma que el éxtasis conduzca a la mística y mucho menos a la santidad o sea un ascendente para la vida eterna. Muy distinto es cuando Dios los concede “porque quiere y a quien quiere” (V 21,9; CB 13,7), lo que habla del libérrimo querer de Dios. Sin embargo, es un fuerte medio para alcanzar la santidad y la mística unión con Dios.

Grados de Oración en la vida de Juanita Fernández

Oración de quietud (CV 31).

Los grados de oración son una forma de conocer como por este medio el alma cristiana penetra en el misterio de Dios hasta que finalmente, es introducido por el mismo Dios en la unión definitiva. Dios lo ha elegido, buscado por los caminos de la vida, ha querido acompañarlo en el camino del Evangelio y en su conversión, Le hace partícipe de este amor incondicional de Dios por el hombre, le ha escogido para grandes cosas.

La Santa deja en claro que la vida ascética, el esfuerzo personal en este campo de la oración, y la vida mística, lo que es don de Dios, es una nueva responsabilidad para el hombre. Este estado no lo podemos conseguir por nuestro esfuerzo personal; no basta. La oración, en sus primeros estados, tenemos la meditación y el recogimiento activo, y por contemplación, todas las formas místicas que comienzan con la oración de quietud (4M 1-3).

La Santa, detalla paso a paso los distintos tipos de oración: oración vocal, meditación discursiva, oración de recogimiento, oración de quietud y oración de unión. Si bien, Teresa profundiza en ellas lo más importante es orar y dejar guiar por el Espíritu que lleva por diversos caminos según la gracia de Dios que reparte cómo y cuándo quiere a quien quiere (CE 68,5). La oración por excelencia como es el Paternoster, reúne todas estas formas de oración (CV 27-42). Veamos brevemente estos grados de oración clásicos y el aporte de S. Teresa de Ávila, considerando que lo único importante es no dejar el ejercicio de la oración y que Dios reparte sus gracias cómo y cuándo quiere.

La oración vocal

La Santa Madre defendió este de grado de oración, ante quienes negaban su valor como acción litúrgica. No se da en forma pura, sino que está unida a la oración mental o meditación de las verdades de la fe cristiana. S. Teresa hizo de la lectura o de las oraciones aprendidas de memoria un encuentro personal y o comunitario con Dios, en la cual puede ser ocasión de recibir gracias místicas (CV 24-25). Esto nos dice que la Santa no veía tanta diferencia entre una y otra, quizá al comienzo y en el método: imaginar que se dialoga con Dios (CV 22).

La oración mental

Esta oración mental la conocemos también meditación, u oración discursiva. Lo importante es la meditación, es el primer modo de regar el huerto, la puerta del castillo (V 11,9.11; 1M 1,7). Este el primer hito de este camino, muy importante porque supone una buena disposición interior que si no se abandona puede recibir todas las gracias si camina todos estos hitos. El camino interior es un caminar hacia el propio yo, a la luz de Dios en el centro del alma.

La verdad meditada implica no sólo el intelecto, sino el alma que se ve comprometida con ese pasaje de la pasión u otro paso de la vida de Jesús (6M 7,10). Si bien la meditación es fundamental, lo verdaderamente importante es amar en ese ejercicio de verse tocado, comprometido con lo que se medita.

Las primeras dificultades que encuentra S. Teresa es a quien escuchar: la voz del Espíritu o al mundo (V 11,4), pero que, con determinación, palabra clave en el lenguaje teresiano, y libertad se superan ampliamente (V 11,5). Las actitudes básicas y previas son recoger las potencias en el centro del alma: entendimiento, memoria y voluntad, para meditar, orar y amar. Sin este recogimiento no se estaría dando la oración (V 11,9;1S 3,3).

Los temas de esta oración, que propone la Santa con la que comenzar el diálogo del alma con Dios, con Cristo en lo interior, tienen por objeto al propio Cristo Jesús: Jesús en su Pasión, su sagrada Humanidad, como Maestro que enseña con amor, etc. (V 4,7; 9,3-6; 11,9; 12,1-2; 13,11.13.22; 24,5; 26,1; CV 24,5; 26; 28,4; 6M 7,10).

El conocimiento propio, es el otro contenido para meditar a la luz de la verdad de Dios (1M 2, 8-9.11; 2M1,11; 6M 10,7). La Santa recomienda no dejarlo jamás, es el pan que se come en este camino de oración, por muy alto que sea el grado de contemplación en que viva (V13,15; CV 39,5). Pero pasado el tiempo, debe, sin dejar el conocimiento personal, meditar otras grandes verdades de la fe: el cielo, el infierno, el alma, el pecado, las virtudes, la redención humana, etc. (V 4,8-9; 8,6-7; 12,2; 13,13; CV 22,1.3.7-8; 25,3; 1M 1,7).

Toda la vida del orante pasa por el crisol de la oración hasta llegar a la firme convicción: sólo Dios basta.

Oración de recogimiento activo y pasivo.

Lo central de este grado de oración es la interiorización de las potencias y los sentidos exteriores al profundo centro del alma para cerrar la puerta al mundo exterior para que el diálogo con Dios sea en lo interior. Cristo Jesús, es el objeto del diálogo, pero con quien se dialoga en lo profundo con un Dios que se hace cercano (V 28,6; 29,4).

Este método de oración de recogimiento, su primer contacto, lo encontró en el Tercer Abecedario: “Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente…” (V 4, 6-8). Hay también un eco de la lectura de las Confesiones de S. Agustín: Dios vive en lo interior del alma (CV 28,2; 4 M 3,3). La Santa concluye que el Señor del cielo y la tierra vive en lo interior del alma ese es su castillo (1M 1,1; CV 28,9). Estos protagonistas son Dios y el alma, la oración de recogimiento consistirá en la manifestación amorosa de quienes se aman (V 12,2; 13,9.11; 13,22).

El valor de la oración de recogimiento consiste en que el alma cristiana al mismo tiempo que dialoga con Dios, aventaja en profundizar en la paternidad de Dios, en amistad con Jesucristo, como discípula, y el Espíritu hace efectivamente de ella su morada, sino la empuja a adorar en espíritu y en verdad. Se pasa a constituir una verdadera amistad, relaciones más afectivas y efectivas, vividas en soledad, dentro de sí misma para mirarle dentro de sí (CV 28, 2.5).

Los efectos de esta oración se dejan sentir en el deseo de estar con Dios y tener siempre limpia la casa del Rey. Se trata de disponerse desde lo interior a lo que quiera dar el Señor (CV 28,11). Recordemos que la o. de recogimiento está en el límite entre lo ascético y lo místico. Es consciente de la labor que espera al alma, es decir, que está en nuestra mano “que podemos hacerlo” (CV 29,4); reconoce que “nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción, hasta que el Señor me enseñó este modo; y siempre he hallado tantos provechos des esta costumbre de recogimiento dentro de mí” (CV 29,7). Avala que sea un buen método, cuando empezó a los veinte a conocerlo, en poco tiempo llegó a oración de quietud, y alguna vez legaba a unión, aunque yo no entendía qué era lo uno y lo otro” (V 4,7; 29,9).

Respecto al recogimiento pasivo o infuso es una mayor concentración del recogimiento de las potencias y sentidos en el alma que ahora depende de la gracia de Dios y no del esfuerzo humano. En este sentido la Santa critica la opinión de algunos autores que, tras un esfuerzo de no pensar en nada, creían alcanzar la contemplación, quitando valor a una gracia sobrenatural. A la Santa no la convencen este entrar cuando se quiere en este grado y no esperarlo de Dios (4M 3,3). Ese acto lo considera “industrias humanas…puso su majestad límite y las quiso dejar para Sí” (4M 3,5).

Aquí hay menos meditación del entendimiento que en el recogimiento activo, sólo que el recogimiento pasivo es preludio de la vida mística (V 14,2). Entre ambos estados hay un abismo, el primero dispone al segundo, este tipo de recogimiento pasivo no necesariamente sigue al activo.

Hay un presentimiento de la presencia de Dios, una llamada del buen Pastor, con un silbo suave, conocen su voz, lo invita a entrar en el castillo, se experimenta un recogimiento suave en lo interior (V 14; 4M 3,1-3; CC 54,3). Los efectos son los mismo que en el recogimiento activo, sólo que más intensos en lo interior (4M 3,7).

Vida mística. Oración de Quietud.

Este grado de oración nos introduce en la vida mística del alma cristiana. El recogimiento pasivo es un comenzar a saborear este estado de oración. Esta o. d quietud, viene luego de la o. de recogimiento infuso, sería como su puerta. Es más intensa si se cuenta con la gracia sobrenatural que la sostiene, de ahí que no se pueda adquirir de ninguna manera (CV 31,2.6; 4M 2,9; 4 M 3,1). La Santa Madre habla de esta o. de quietud tiene claro la vigencia de este estado, pero los límites salidos de la o. de recogimiento infuso no siempre son tan claros (V 14-15; CV 30-31). Se puede registrar el paso del tiempo y crecida la experiencia, cuando en otros pasajes de sus obras establece una clara distinción, entre la o. de recogimiento infuso y esta o. de quietud (4M 2-3; CC 54). Varias veces, la Santa simplemente la denomina pura contemplación, recogimiento y quietud, incluso gustos de Dios (V 15,1; CV 30,7;4M 2,2).

¿Cuál es la característica de esta o. de quietud? La Santa lo expresa sí: “Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz, o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir…porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el alma… que está ya junto cabe su Dios… Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo) el cuerpo, porque mejor me entendáis), que no se querría bullir… Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción en el alma… las potencias sosegadas, que no querrían bullirse,…aunque no tan perdidas, porque pueden pensar en cabe quién están, que las dos están libres (la memoria y entendimiento). La voluntad es aquí la cautiva, y si alguna pena puede tener estando así es de ver que ha de tornar a tener libertad…El cuerpo no querrían se menease, porque les parece han de perder aquella paz, y así no se osan bullir.” (CV 31,2-3; V 14,2).

El don o gracia sobrenatural de la o. de quietud, afecta la voluntad, las más unida a Dios, que el resto de las potencias interiores como exteriores. La memoria y el entendimiento quisieran recobrar su actividad, como en la o. mental o discursiva, es ahí donde la voluntad despliega su gracia para disminuir su actividad y consigue poner paz en estas potencias. El entendimiento y la memoria, en el sueño de potencias, caen en éxtasis, en cambio aquí en la o. de quietud, mantienen su actividad normal, mientras la voluntad se mantiene cautiva, centrada en Dios, perdida para las cosas del mundo.

“Ya he dicho que en este primer recogimiento y quietud no faltan las potencias del alma, mas está tan satisfecha con Dios que mientras aquello dura, aunque las dos potencias se desbaraten, como la voluntad está unida con Dios, no se pierde la quietud y el sosiego, antes ella poco a poco torna a recoger el entendimiento y memoria. Porque, aunque ella aún no está de todo punto engolfada, está tan bien ocupada sin saber cómo, que por mucha diligencia que ellas pongan, no la pueden quitar su contento y gozo, antes muy sin trabajo se va ayudando para que esta centellica de amor de Dios no se apague.” (V 15,1; 14,2).

El carácter afectivo es lo que define la o. de quietud, porque ahora es la voluntad la que genera las relaciones del alma cristiana con Dios. Los actos amorosos, como los define Teresa son los únicos frutos del trabajo de la voluntad en este estado de gracia de contemplación. El trabajo de lo afectivo consiste en percibir, advertir, apreciar, detectar, notar la presencia de Dios en el silencio para solicitarle gracias, donde la palabra y el trabajo del discurso están ausentes. Habla solo el lenguaje del amor en estos diálogos con Dios, también cuando se agradecen las gracias místicas, no hay trabajo del entendimiento.

Los entendimientos agudos, dice la Santa, los inteligentes y sabios en las ciencias humanas, tendrán problemas a la hora de querer sentir a Dios, como hacían antes con el trabajo discursivo, encontrarlo en la simplicidad del silencio contemplativo y el afecto en que trabaja la voluntad. El verdadero desafío de la voluntad consiste en atravesar la puerta del saber humano, para dejarse invadir, guiar por la Sabiduría Infinita, como dice la Santa, que se vuelca, se comunica más a la voluntad que al entendimiento. Cuando éste compone acciones de gracias, la voluntad se adelanta y como el publicano, con humildad agradece más con no alzar la mirada que la retórica del entendimiento (V 15,7.8.9). En este primer grado de oración mística, el entendimiento y la memoria pueden ser un impedimento a la acción de la voluntad

“Las otras dos potencias ayudan a la voluntad para que vaya haciéndose hábil para gozar de tanto bien, puesto que algunas veces, aun estando unida la voluntad, acaece desayudar harto; mas entonces no haga caso de ellas, sino estése en su gozo y quietud; porque, si las quiere recoger, ella y ellas perderán, que son entonces como unas palomas que no se contentan con el cebo que les da el dueño del palomar sin trabajarlo ellas, y van a buscar de comer por otras partes, y hallan tan mal que se tornan; y así van y vienen a ver si les da la voluntad de lo que goza. Si el Señor quiere echarles cebo, detiénense, y si no, tornan a buscar; y deben pensar que hacen a la voluntad provecho, y a las veces en querer la memoria o imaginación representarla lo que goza, la dañará. Pues tenga aviso de haberse con ellas como diré.” (V 14,3).

La voluntad progresará si hace el trabajo de recoger todas las fuerzas orantes del hombre, para vivir en la presencia de Dios. La cita se realiza desde la interioridad, los invitados son los sentidos externos y hasta el cuerpo siente los efectos de esta convocación. El entendimiento es invitado a no discurrir como hacía antes. La Santa lo explica así: “Lo que ha de hacer el alma en los tiempos de quietud, no es más de con suavidad y sin ruido; llamo ruido andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones… y no haga caso del entendimiento que es un moledor…y vale más que le deje que no vaya ella, tras él, digo la voluntad; sino estése ella gozando de aquella merced y recogida como sabia abeja. Porque si ninguna entrase en la colmena, sino que por traerse unas a otras se fuesen todas, mal se podría labrar la miel” (V 15,6). La Santa confiesa que el entendimiento y la memoria, la casan en este proceso, por eso cuando la quietud conquista espacio en su interior y goza, no haga caso del entendimiento el alma que actúa como un loco (V 15,6; CV 31,8).

Este despliegue divino en el alma, la Santa lo explica con una comparación donde presenta a Dios como tierna Madre.

“Y advertid mucho a esta comparación, que me parece cuadra mucho: está el alma como un niño que aún mama cuando está a los pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, échale la leche en la boca por regalarle. Así es acá, que sin trabajo del entendimiento está amando la voluntad, y quiere el Señor que, sin pensarlo, entienda que está con Él y que sólo trague la leche que Su Majestad le pone en la boca y goce de aquella suavidad; que conozca le está el Señor haciendo aquella merced y se goce de gozarla; mas no que quiera entender cómo la goza y qué es lo que goza, sino descuídese entonces de sí, que quien está cabe ella no se descuidará de ver lo que le conviene. Porque si va a pelear con el entendimiento para darle parte trayéndole consigo, no puede a todo; forzado dejará caer la leche de la boca y pierde aquel mantenimiento divino.” (CV 31,9; CE 53,5).

Esta es quizás, con sus propios matices, donde la Hna. Teresa de Jesús hace el aporte de su experiencia como carmelita a lo que S. Teresa su Maestra en las cosas del espíritu le ha enseñado. Escribe desde el monasterio de Los Andes al P. Artemio Colom, SJ, el 20 de julio de 1919 (Cta.116). Vive feliz su ideal carmelitano:

“Hay días que consigo vivir enteramente para Dios. Entonces es cuando me siento en el cielo. Entonces es cuando comprendo que «sólo Dios nos basta». Fuera de Él no hay felicidad posible. No se imagina, Rdo. Padre, lo que N. Señor se revela a mi alma, a pesar de ser tan miserable, y no comprendo cómo he amado a N. Señor sin conocerlo; tanta es la distancia que tengo y tenía de Dios. Mi oración es cada vez más sencilla. Apenas me pongo en oración, siento que toda mi alma se sumerge en Dios, y encuentro una paz, una tranquilidad tan grande como me es imposible describir. Entonces mi alma percibe ese silencio divino, y cuanto más profunda es esa quietud y recogimiento, [más] se me revela Dios. Es una noticia muy clara y rápida. No es reflexionando; antes me turbo cuando reflexiono. Cuando esta noticia es muy clara, siento como que mi alma quisiera salir de mi ser. Mi cuerpo no lo siento. Estoy como insensible; y dos veces no me he podido mover de mi sitio, pues estaba como enclavada en el suelo. Otra vez, una hermanita me fue a hablar, y sentí un estremecimiento terrible en todo mi ser, y lo que me dijo lo oí como de muy lejos, sin comprender sino hasta después lo que me dijo. Siento que mi alma está abrasada en amor de Dios y como que El me comunicara su fuego abrasador.” (Cta.116).

El texto deja en claro las impresiones que la Santa había señalado: vivir en la presencia de Dios, experimentar que sólo Dios basta, no le falta nada, comprender que lo ama, sin saber cómo, no querría sino amar, más que rezar y meditar, lo que hace su oración más simple y profunda. Efectivamente encuentra, trabajo de la voluntad, a Dios en el silencio, la quietud, revela a Dios a su interior.

Entre los efectos que la Santa apunta ser más sensible al servicio de Dios, fruto de la voluntad, en cambio, tardas para las cosas del mundo (CC 54,4; CV 31,4). Sin embargo, lo que más llamó la atención de esta oración a S. Teresa, es la profunda paz interior en que es sumergida y gusta, goza un deleite que era desconocido hasta ahora. Dios le revela como con su presencia quiere comenzar a trabajar en lo interior, lo que trae gozo y paz. “Parece impertinente decir esto, pues sabemos que siempre nos entiende Dios y está con nosotros. En esto no hay que dudar que es así, mas quiere este Emperador y Señor nuestro que entendamos aquí que nos entiende, y lo que hace su presencia, y que quiere particularmente comenzar a obrar en el alma, en la gran satisfacción interior y exterior que la da, y en la diferencia que, como he dicho, hay de este deleite y contento a los de acá, que parece hinche el vacío que por nuestros pecados teníamos hecho en el alma. Es en lo muy íntimo de ella esta satisfacción, y no sabe por dónde ni cómo le vino, ni muchas veces sabe qué hacer ni qué querer ni qué pedir. Todo parece lo halla junto y no sabe lo que ha hallado, ni aun yo sé cómo darlo a entender, porque para hartas cosas eran menester letras.” (V 14,6; 15,1.4.8; CV 31).

Florecen las virtudes, con mayor vigor que el tiempo de la meditación u o. discursiva, lo que se comprueba cuando el alma comienza a perder interés por las cosas de acá y crece el interés por las cosas de Dios (V 14, 4-5). Nace la humildad que importa de verdad, la que Dios infunde, cimentada en el conocimiento propio; anhela los tiempos de soledad y oración; adquiere cierto grado de certeza acerca de la salvación eterna de su alma, envuelta en el saludable temor de Dios, lo que hace que su amor sea puro, libre de intereses egoístas (V 15,8.14).

Para reflexionar

1.- ¿La lectura de estos grados de oración en la Santa Madre me ha llevado a disponerme a recibirla o simplemente me he quedado en la admiración?

2.- ¿He sabido agradecer las muchas gracias ordinarias y extraordinarias que el Espíritu de Jesús me ha concedido en lo que llevo de camino de oración?

Conclusión

Constatamos que Juanita Fernández es mujer de oración antes y después de su ingreso en la vida religiosa. Aprendió a orar en su hogar, ora en el internado de su Colegio, profundizó su vivencia de los misterios que Jesús la hizo partícipe, en el monasterio coronó el Espíritu su obra en favor de la Iglesia y del Carmelo.

El hogar, el Colegio, los campos chilenos sirvieron de espacio sacro donde Juanita desplegó los frutos de la oración, que fueron las virtudes sobre todo la humidad y la caridad. Los Andes, significó el monte de la perfección, su Getsemaní y monte Clavario, donde entregó su vida por la Iglesia y los hombres y mujeres, jóvenes como ella y los necesitados de nuestra sociedad, porque ahí encontró a su Esposo Crucificado y Resucitado.

P. Julio González C.

Pastoral de Espiritualidad Carmelitana.

1 M. MARTIN DEL BLANCO, Visiones en Diccionario de Santa Teresa de Jesús, Monte Carmelo, Burgos, pp.1421-1438.

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