Ficha n.4 P. Julio González C.

Ficha n.4 P. Julio González C.

S. Teresa de Ávila, Madre y Maestra de Juanita Fernández

Primer centenario de la P ascua de Juanita a la Casa del Padre

Perfecciones de Dios y virtudes como respuesta.

Objetivo. Descubrir el concepto de santidad acuñado por Juanita Fernández y cómo lo fue construyendo en su vida de familia, colegio, vida social y eclesial. Importancia vital de las virtudes.

Santidad

Las virtudes la llevan a su proyecto personal: Quiero ser santa (D 29). En enero de 1917 encontramos el primer programa de perfección de Juanita, inspirada por el Espíritu de Jesús se siente llamada a la oración, la meditación la define como espejo del alma; al desasimiento, entendido como olvido de sí; la identificación con la persona de Jesús; la humildad y caridad, entrega perfecta de su voluntad a Dios. “Jesús me ha dado a entender que para encontrar la perfección es necesario: 1º el amor a la oración; 2° el desasimiento completo de sí misma, es decir, el olvido de sí misma, que se alcanza uniéndose a Jesús tanto que no se llegue a formar con El sino una persona y atrayéndose siempre para sí lo que le gusta a Jesús: es decir, humillaciones, penas, etc., y también la caridad para con el prójimo. 3°, perfecta entrega de sí misma, es decir, la voluntad dársela a Dios.” (D 18).

Tenemos otro programa de propósitos que busca la santidad:

“J.M.J.T.

1.- Haré examen particular.

2.- Si caigo, buscaré el auxilio de la Virgen.

3.- Seré toda para todos

Ese mismo año hace unos propósitos y asume unas resoluciones:

“1a.- Aceptar los sacrificios sin murmurar interiormente ni abatirme.

2a.- He de eclipsarme.

3a.- Me esmeraré en labrar la felicidad de los demás.

4a.- Procuraré hacer amable la virtud a los demás.

5a.- He de olvidarme de mí misma: 1) uniéndome a Jesús; 2) en ser caritativa con el prójimo; 3) no dar mi opinión, si no me la pi-den; 4) sufrir con gozo las humillaciones, siendo amable con las personas que me las proporcionen; 5) viviendo con Jesús en el fondo de mi alma que ha de ser su casita, donde Él pueda descansar. Allí, le adoraré y le ofreceré las mortificaciones, sufrimientos y humillaciones. ¿No es el Cielo en la tierra vivir con Dios?” (D 20).

Durante este período a Juanita le preocupa: si al mirarla el Padre, encontrará la imagen de su Hijo (D 20; Rm.8,20-30; Flp.3,21). El 3 de junio de 1917, día de la Trinidad se vuelve a preguntar. “¿Encontrará el Padre la figura de Cristo en mí? ¡Oh, cuanto me falta para parecerme a ÉL!” (D 22). La humildad será la virtud que más trabajará para asemejarse a Jesús y con ella crecerán todas las demás (D 23).

Vamos a la soledad

El término ser santa aparece por primera vez en el retiro espiritual de agosto de 1917 que denomina: Vamos a la soledad. “Oigo la voz de mi Jesús que me dice: vamos a la soledad” (D 29; cfr. Os.2,16). Hacen eco en su alma las reflexiones: acerca de su origen en Dios, las vanidades del mundo, el pecado, a mirarse en ellas y descubrir desfigurada la imagen de Dios, un abismo oscuro, una nada criminal de frente a un Dios suma de perfecciones. Reconocidas sus miserias e ingratitudes toma una resolución: “Desde ahora quiero ser santa” (D 29). En ese mismo contexto, confesados los pecados de toda su vida, finalmente el confesor le declara que nunca ha cometido pecado mortal. Su respuesta a Jesús, entregarse al amor, vivir de fe, humillarse. “Creo que en la santidad está el amor. Quiero ser santa” (D 30).

Este principio que establece Juanita nos enseña la centralidad del amor a Dios y al prójimo, pero en el caso de Teresa de Los Andes con un cimiento fundamental: la humildad. Como conocía su pasión dominante el orgullo, la soberbia, une ambas virtudes humildad y caridad, como las columnas que sostienen todo su edificio espiritual.

El 7 de octubre de 1917, el proyecto de santidad cambia de manos: es Jesús quien le pide ser santa. “Jesús me pide que sea santa. Que haga con perfección mi deber. Que el deber -me dijo- es la cruz. Y en la Cruz está Jesús. Quiero ser crucificada. Me dijo que le salvara las almas. Yo le prometí. Que también lo consolara; que sentíase abandonado. Me acercó a su Corazón y me hizo sentir los… Lo siento que se apodera de mi ser. Lo amo.” (D 34).

Conseguir la santidad esa es la meta de ahí que elabore un programa para conseguirlo: “Creo que en el amor está la santidad. Quiero ser santa. Luego me entregaré al amor, ya que éste purifica, sirve para expiar. El que ama no tiene otra voluntad sino la del amado; luego yo quiero hacer la voluntad de Jesús. El que ama se sacrifica. Yo quiero sacrificarme en todo. No me quiero dar ningún gusto. Quiero inmolarme constantemente para parecerme a Aquél que sufre por mí y me ama. El amor obedece sin réplica. El amor es fiel. El amor no vacila. El amor es el lazo de unión de dos almas. Por el amor me fundiré en Jesús.” (D 30).

En Junio de 1918, en carta a la M. Angélica, Priora de los Andes, le pide oraciones para los últimos días de su estadía en el colegio: ser una santa, para dejar un buen recuerdo de las religiosas como de sus compañeras (Cta.30).

¡Hablad, Señor!

El retiro desde el 7 de agosto de 1918 lo denomina “Hablad, Señor, que vuestra sierva escucha” (D.42; cfr.1Sam.9-10). Antes de su regreso a casa definitivo, Juanita hace unos propósitos para continuar su vida espiritual como en el internado. Salió del internado, el 12 de Agosto de 1918, lo que produjo dolor en su corazón: “Me voy con ÉL. Lo sigo y soy feliz. No lloraré. Quiero ofrecer con generosidad el sacrificio a Dios. Todo por Ti, Jesús, hasta la muerte” (D 42).

“Resoluciones para mi vida entera:

1ª No dejaré jamás mi meditación, mi Comunión y misa.

2ª Haré examen particular y rezaré mis oraciones de la mañana y de la noche de rodillas.

3ª Haré lectura espiritual y conservaré en mi alma un recogimiento que me mantenga unida con Jesús y separada por completo del mundo.

4ª Tendré carácter. Jamás me dejaré llevar por el sentimiento por el corazón, sino por la razón y mi conciencia.

5ª Cumpliré la voluntad de Dios con alegría, tanto en las penas como en las alegrías, sin demostrar jamás en mi cara lo que pasa en el corazón. No llorar jamás, teniendo presente lo de Santa Teresa: Es preciso tener corazón de hombre y no de mujer.

6ª No me dejaré llevar jamás del respeto humano, tanto en mi manera de conducirme como en mis palabras.” (D 43).

Santidad en camino…

Todo este proyecto de santificación se va a concretar en un lugar: el Monasterio de Monjas Carmelitas de Los Andes.

Es el propio Jesús quien le señala su vocación: “Entonces me dijo que me quería para El. Que quería que fuese Carmelita. ¡Ay! Madre, no se puede imaginar lo que Jesús hacía de mi alma. Yo, en ese tiempo, no vivía en mí. Era Jesús el que vivía en mí.” (D 7). Luego de esta experiencia de infancia, Juanita fue penetrando en el misterio del carisma carmelitano, y con S. Juan de la Cruz podía decir: “desde las frescas mañanas escogidas haremos las guirnaldas…” para luego decirle a Jesús, “gocémonos Amado y vámonos a ver en tu hermosura…entremos más adentro en la espesura” (CB 30;36,9). Siete meses antes de ingresar al Carmelo, Juanita le comunica a la M. Angélica, que quiere ir con una buena dote de virtudes, principalmente tres como joyas de una digna esposa de Cristo. pureza, humildad y caridad (cfr. Cta.39). Conocía muy bien el carisma del Carmelo.

En una carta al P. José Blanch le da las razones para ingresar en ese monasterio, y no ser religiosa del S. Corazón: la vida de oración, la soledad del Carmen, la pobreza, la penitencia, el sacrificio perpetuo, santificarse por los pecadores y sacerdotes. Todo sumado: “Creo que en esta vida he de alcanzar la santidad. La he escogido porque veo que, escogiéndola, he de encontrar la cruz; y andaría -creo- todo el mundo con la gracia de Dios para buscarla y poseerla, pues en ella está Jesucristo.” (Cta. 58). Otra razón, es el nuevo nombre que recibirá en el monasterio: Teresa de Jesús, como la Santa Fundadora. “No sé si le conté que me llamaré Teresa de Jesús, si soy de allá. Más obligada quedo con el nombre de tan gran santa para serlo yo también con la gracia de Dios.” (Cta. 58).

Siempre deseosa de alcanzar la santidad pide a al P. Artemio Colom, su confesor, oraciones para continuar la vida de oración que había comenzado: “Mis esfuerzos todos se dirigen a ser una santa carmelita, y creo que lo que Dios quiere de mí para alcanzar esta santidad es un recogimiento continuo: que nada ni nadie pueda distraerme de Él. No me pide nada más que esto, porque allí, en esa unión íntima de mi alma con mi Dios, se encuentra para mí el ejercicio de todas las virtudes. Pídale a N. Señor me haga una santa carmelita, verdadera hija de nuestra Sta. Madre” (Cta.116).

Concluye su Diario presentando lo que es una carmelita, en el fondo, lo que aspira ser en un futuro cercano. Causa impresión el realismo de su visión carismática y eclesial de su vocación. La carmelita contempla y ama:

“La perfección de la vida está en el acercamiento a Dios. El cielo es la posesión de Dios. En el cielo a Dios se le contempla, se le adora, se le ama. Mas, para llegar al cielo es preciso desprenderse de la tierra. Y la vida de la carmelita, ¿qué es sino contemplar, adorar y amar a Dios incesantemente? Y ella, ansiosa de ese cielo, se aleja del mundo y trata de desprenderse, en lo posible, de todo lo terreno.” (D 58).

La carmelita escucha y sirve: “La delicia de Jesús cuando estuvo en la tierra era la casa de Betania, su morada predilecta. Allí era íntimamente conocido de Lázaro, servido por Marta y amado locamente por María. La car-melita reemplaza ahora cerca de Jesús esa vida íntima. Ella la estudia para amarlo y servirlo según su voluntad. Es su refugio en medio del mundo, es su morada predilecta con sus escogidas.” (D 58).

La carmelita se reviste de luz: “La carmelita sube al Tabor del Carmelo y se reviste de las vestiduras de la penitencia que la asemejan más a Jesús. Y, como El, ella quiere transformarse, transfigurarse para ser convertida en Dios.” (D 58).

La carmelita se inmola con Cristo por toda la humanidad: “La carmelita sube al Calvario, allí se inmola por las almas. El amor la crucifica, muere para sí misma y para el mundo. Se sepulta, y su sepulcro es el Corazón de Jesús; y de allí resucita, renace a nueva vida y vive espiritualmente unida al mundo entero.” (D 58).

La oración es forjadora de virtudes.

Santidad y virtudes, se explican mutuamente, porque el ejercicio de la oración exige virtudes vigorosas, fruto de una vida ascética, la vida mística supone virtudes consumadas. Las virtudes cristianas se sostienen y crecen con el ejercicio de las mismas. La vida cristiana crece con el cultivo de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Orar es ejercicio de vida teologal: creo en Dios, espero en ÉL, amo lo que su voluntad disponga para mí. Y las cuatro cardinales: fortaleza, templanza, prudencia y justicia.

Santa Teresa de Ávila, propone las virtudes fundamentales para la vida cristiana; como la pobreza de espíritu, la humildad, la caridad y otras virtudes morales y sociales, como la magnanimidad, la afabilidad, agradecimiento, discreción y suavidad, veracidad y sinceridad. A quienes se proponen hacer el camino de la oración la Santa advierte del peligro de una ilusión subjetiva, sin el ejercicio de virtudes (CV 4,3; 16,6; 4M 4,9). Las virtudes garantizan una oración, un diálogo con Dios, y frutos de santidad.

En la alegoría del modo de regar el huerto (V 11-22), según los distintos grados de oración encontramos que el huerto es el alma; las malas hierbas, los pecados; el hortelano es el cristiano orante; el agua los diversos modos de regarlo; las flores son las virtudes. La caridad, es la síntesis de la perfección cristiana, cimentada, no en las gracias místicas, sino en el sereno ejercicio de las virtudes: amor a Dios y al prójimo (1M 2,17; 5M 3,7-8.11).

En el abanico de virtudes que la Santa pide para comenzar el camino de la oración está la determinada determinación, la humildad, la magnanimidad. Son virtudes integrales, comprometen la vida entera, confirman al alma en este camino de oración, reflejan que hay de amor de Dios en quien lo comienza (V 11,13). Para los que asumen vida religiosa y comunitaria formula otras virtudes: “amor de unas con otras; desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que, aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas” (CV 4,4). En este reconocer la influencia de la Santa de Ávila, en la espiritualidad de Teresa de Los Andes, encontramos algunas virtudes que formaron la orante hasta convertirla en modelo de virtudes cristiana y de santidad.

De la lectura de las obras de S. Teresa podemos vislumbrar el camino de ser santa y la fuente de ella Juanita la encontró en las virtudes evangélicas y carismáticas que la S. Fundadora del Carmelo vivió y enseñó.

Santidad y virtudes

¿Qué entendía Juanita Fernández por virtudes? En sus escritos encontramos que las virtudes las identifica con las perfecciones de Dios. Ella nos confía que Dios le pide que se asemeje a Él imitando sus perfecciones:

– “Después medité cómo Dios me llamó prefiriéndome a tantos seres que nunca le habrían ofendido y habrían correspondido a su amor siendo santos, mientras yo no correspondo a sus favores. Entonces le pregunté que por qué me llamaba. Entonces me dijo que Él había hecho mi alma y todo lo que ella debía hacer y cómo lo debía hacer; que vio cómo lo correspondería ingratamente y, a pesar de esto, Él me amó y se quiere unir a mí. Vi que ni aún con los ángeles se une y sin embargo, con una criatura tan miserable se quiere unir; quiere identificarla con su propio ser, sacándola de sus miserias para divinizarla, de tal manera que llegué a poseer sus perfecciones infinitas.” (D 51).

– “También me dio a entender que no en ese recogimiento sensible estaba la unión divina, sino en la perfección de mi alma; en imitarlo y en sufrir con El. No en las locuciones, pues de éstas no debía hacer caso, sino en ser verdaderamente santa, teniendo sus perfecciones.” (D 52).

– “N. Señor me reprocha las menores imperfecciones y me pide los sacrificios más pequeños; pero me cuestan tanto que es inconcebible. Me pidió que viviera en un recogimiento continuo. Que no mirara a nadie. Que todo lo hiciera por amor. Que obedeciera a la menor indicación. Que tuviera mucho espíritu de fe.” (D 54). La Hna. Teresa experimenta por una parte sus imperfecciones y por otra la fortaleza que el ejercicio de las virtudes deja en su alma.

Juanita, aprendió antes de ingresar al Carmelo, el concepto de establecer unidad entre santidad y virtudes; no existe santidad sin virtudes evangélicas, comunitarias, sociales.

“Jesús mío, perdóname. Soy tan orgullosa que no sé aceptar con humildad la más ligera humillación. Jesús querido, enséñame la humildad y envíame humillaciones, aunque soy indigna de ellas. Jesús querido, quiero ser pobre, humilde, obediente, pura, como era mi Madre y como Tú, Jesús. Haz de tu casita un palacio, un cielo. Anhelo vivir adorándote como los ángeles, sentir mi nada en tu presencia. Soy tan imperfecta. Quiero ser pobre como Tú y, ya que no puedo serlo, quiero no amar nada las riquezas, etc.” (D 31)

Una vez en el Carmelo, viviendo el ideal de su vida, quiere ser una santa carmelita. En carta al P. Artemio Colom le expresa sus deseos: “Mis esfuerzos todos se dirigen a ser una santa carmelita, y creo que lo que Dios quiere de mí para alcanzar esta santidad es un recogimiento continuo: que nada ni nadie pueda distraerme de Él. No me pide nada más que esto, porque allí, en esa unión íntima de mi alma con mi Dios, se encuentra para mí el ejercicio de todas las virtudes.” (Cta. 116).

Amor y virtudes.

Además de establecer unidad entre santidad y virtudes, el amor para la renuncia y la vivencia, es esencial. “La voluntad de Dios es que seamos virtuosas. Si Dios a cada instante se nos da con amor infinito, ¿no nos corresponde a nosotros, criaturas miserables, darnos a Él con todo nuestro ser, de modo que todas nuestras obras vayan dirigidas a Él con toda la intensidad de amor de que somos capaces? Ofrecernos a Él con amor para cumplir su adorable voluntad, he ahí el plan de santidad que concibo. Dios es amor, ¿qué busca en las almas sino amor? Antes de cada acción debemos darle una mirada. Él está en nuestra alma, ¿con quién podemos estar más unidas? Allí ofrezcámosle hacer aquella acción, no por los pecadores, ni con ningún interés, sino porque le amamos. ¡Cuánto lo agradece El que es la misma bondad! Si nosotras agradecemos el cariño humano, ¿qué será aquel Corazón lleno de ternuras que dijo que quería sólo un poco de amor? ¡Oh, démonos a Él!” (Cta.40).

La experiencia le enseñó a Juanita que la conquista de las virtudes es obra de Dios y de creyente en su amor, que no ponga resistencia al Amor que lo deje obrar. A su amiga Elisa Valdés le escribe desde el Carmelo: “El Amor no necesita de nada. Sólo quiere que no haya resistencia; y ordinariamente, lo que pido a un alma para hacerla santa es que me deje obrar… Míralo sin cansarte, Isabelita, dentro de tu cielito; y pídele, cuando le mires, te dé las virtudes que te hagan hermosa a sus divinos ojos.” (Cta.109).

Amor a Dios: virtud principal.

Las virtudes que Juanita practicó antes de su ingreso al Carmelo y que conoció del Evangelio y la literatura religiosa, incluida S. Teresa de Ávila es lo que propone a su amiga Elena Salas, antes de ingresar en la vida religiosa a finales de 1918 (Cta.40). Si queremos concretizar al comenzar esta labor muy humana y espiritual Juanita debió tener muy en cuenta la famosa, “determinada determinación”, para no volver atrás en su camino de la oración lo que sostiene su deseo de ser santa.

Determinada determinación

S. Teresa de Ávila, fruto de su experiencia de vida ascética y del don de fortaleza formula una expresión muy suya: la determinada determinación.

“Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo” (CV 21,2; 19,1-2). En las palabras de la Santa, encontramos no sólo su carácter fuerte (V 4,1-3; 36,1-9), hace también una defensa de la oración mental, sobre todo de la mujer.

Esta determinada determinación, es poner la vida en manos de Dios, una entrega a su proyecto de salvación; iniciar el camino de conversión, renuncia al pecado y el compromiso de perseverar hasta el final. Esta actitud que cuenta con la voluntad del orante, supone una fuerte gracia interior una intervención consciente de Dios, que se traduce en un ideal por alcanzar, que mueve la voluntad, cuenta con las mediaciones (V 7,20-22). La Santa alienta a quien quiere comenzar este camino de oración, le asegura que ya tiene andado gran parte del trayecto (V 11,13); Dios asiste a quien lo dejó todo por ÉL (CV 1,2); si el demonio ve un alma con esta determinación de no dejar la oración, presto la dejará (2 M 1,6); Dios quiere ver esta determinación en el orante para hacerla suya (F 28,19). En una carta a Graciela Montes Larraín, expresa su determinación de no dejar la oración. “Quisiera que mi vida fuera una continua oración, porque ella es la conversación que tenemos con Dios” (Cta.12).

Volviendo al tema de las virtudes, Juanita, sabe que la primera virtud es el amor a Dios, y es lo que propone a su amiga Elena Salas. Es un cúmulo de virtudes, un programa de santidad cristiana:

Amor a Dios. – “Si Dios a cada instante se nos da con amor infinito, ¿no nos corresponde a nosotros, criaturas miserables, darnos a Él con todo nuestro ser, de modo que todas nuestras obras vayan dirigidas a Él con toda la intensidad de amor de que somos capaces? Ofrecernos a ÉL con amor para cumplir su adorable voluntad, he ahí el plan de santidad que concibo. Dios es amor, ¿qué busca en las almas sino amor?” (Cta.40).

Fortaleza. – “Manifestarnos siempre cual somos, es decir, sin andar disimulando. Jamás dejarnos vencer por el respeto humano” (Cta.40).

Obediencia. – “Obedecer, tal como obedecía N. Señor Jesucristo en Nazaret, aun a sus inferiores, porque era voluntad de su Padre. Obedecer sin replicar y sin indagar si tienen razón o no en mandarnos, sometiendo así nuestro juicio al del superior o inferior” (Cta.40).

Castidad. – “Siendo puras como los ángeles. Jamás detenernos en un pensamiento impuro, ni fijar nuestra vista en algo menos decente. Tener mucha modestia en el vestirnos, pensando cómo lo haría la Santísima Virgen.” (Cta.40).

Caridad. – “Debemos tratar de ser caritativas. No hablar jamás mal del prójimo. Defenderlo en cuanto podamos, o desviar la conversación a otro asunto sin que lo noten, si no podemos defenderlo.” (Cta.40).

Humildad. – “Ser humildes. Tratemos primero de no hablar de nosotras mismas para nada, ni en pro ni en contra, como de una persona que ni siquiera se habla de ella, porque se desprecia. Cuando se nos reprenda, no disculparnos en nada y decir que en adelante trataremos de corregirnos” (Cta.40).

Actitudes integradoras

Los tratados de espiritualidad y la mística del Carmelo, teología y experiencia, hablan del cultivo de las virtudes, como de un todo integrador, es decir, ellas están muy unidas entre sí. Cultivar una es cultivarlas todas. Es lo que aconseja S. Juan de la Cruz: “Porque, así como un acto de virtud produce en el alma y cría juntamente suavidad, paz, consuelo, luz, limpieza y fortaleza, así un apetito desordenado causa tormento, fatiga, cansancio, ceguera y flaqueza. Todas las virtudes crecen en el ejercicio de una, y todos los vicios crecen en el de uno y los dejos de ellos en el alma.” (1S 12,5; cfr. CV 4,4).

Juanita, concibe las virtudes muy unidas entre sí. El místico carmelita lo confirma con el símil de la piña cuando comenta el verso: “en tanto que de rosas hacemos una piña” Y llama piña a esta junta de virtudes, porque así como la piña es una pieza fuerte, y en sí contiene muchas piezas fuertes y fuertemente abrazadas, que son los piñones, así esta piña de virtudes que hace el alma para su Amado es una sola pieza de perfección del alma, la cual fuerte y ordenadamente abraza y contiene en sí muchas perfecciones y virtudes fuertes y dones muy ricos. Porque todas las perfecciones y virtudes se ordenan y contienen en una sólida perfección del alma; la cual, en tanto que está haciéndose por el ejercicio de las virtudes y ya hecha, se está ofreciendo de parte del alma al Amado en el espíritu de amor” (cfr. CB 16,9).

Ella lo expresa así: “Venzámonos. Obedezcamos en todo. Seamos humildes. ¡Somos tan miserables! Seamos pacientes y puras como los ángeles y tendremos la felicidad de ver que Jesús, que es un buen arquitecto, edifique una segunda casa de Betania, donde tú te ocuparás de servirlo en la persona de tus prójimos como lo hacía Marta, y yo como Magdalena permaneceré contemplándolo y oyendo su palabra de vida. Es imposible que, mientras estemos en el colegio, El exija de nosotras esa total unión que no consiste sino en ocuparnos de Él. Pero podemos cada hora ofrecerle un ramillete de amor.” (D 16; Cta.116).

En síntesis, las virtudes más mencionadas quizás las más apreciadas porque las más más vividas son: humildad, castidad, paciencia, pobreza, abnegación, amor a Dios y al prójimo.

El amor de Dios, fuente que mana y corre

La visión de Teresa de Los Andes es que todas las virtudes nacen del amor de Dios por ello afirma: “En el amor está la santidad” (D 30,6). Este amor Fontal de Dios por nosotros y de nosotros a ÉL es lo clave de toda vivencia evangélica de la fe y del amor. S. Juan de la Cruz, habla de la “fonte que mana y corre, aunque es de noche”, es decir, se escucha, pero no se ve (P 8). Damos una última mirada a las virtudes que más amó en esta vida y son su gloria y corona.

Andar en humildad es andar en verdad

S. Teresa de Ávila, nos ha dejado una definición que se ha hecho clásica sobre la humildad: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y me puso delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén.” (6M 10,7; cfr. V 40; 1-4; Rel. 28).

Un breve análisis de esta definición nos enseña que andar en la verdad, en humildad delante de nosotros mismos, ante el prójimo, por ende, ante Dios. Comporta aceptar las propias fortalezas y debilidades, lo bueno viene de Dios, las faltas las aportamos nosotros, lo que abre a confiarlo todo a la misericordia divina. Esta formulación es fruto de contemplar en Cristo, su modelo, la Verdad de Dios y de su experiencia de haber vivido en la mentira y falsedad antes de su conversión, aunque había un deseo, una lucha por la autenticidad, “ya no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte” (V 8,12).

La humildad se opone a la soberbia y a la pusilanimidad, es decir, no aceptar las propias limitaciones y atribuirse las cualidades a sí mismo y no a Dios. El conocimiento de sí mismos y de Dios, es el mejor remedio para iniciarse en el camino de la humildad: “Jamás nos acabamos de conocer si no conocemos a Dios” (1M 2,9; 6M 9,16). El conocimiento de sí mismo debe ser motivo de meditación, el pan con que hemos de comer todos los manjares (V13,15); más importante que hacer oración (F 5,16). Este conocimiento nos lleva a la verdad de lo que realmente somos ante la Verdad que nos conoce (3M 1,9).

La humildad entonces se convierte en fundamento de la vida de oración (V12,11); cuanto más cercanos a Dios mejores frutos da esta virtud, sin ella todos va perdido (4M 2,10); el Señor cuida de los humildes y no permite que el demonio los dañe (V 12,7). El camino de la oración, de la vida espiritual, se cimienta en la humildad (7M 4,8).

En síntesis, por su carácter integral la humildad engendra también amor reconocido a Dios por la tarea salvífica comenzada de ahí que la Santa confiese: “No puedo entender yo cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad” (CV 16,2). Una aplicación práctica es hacer de la humidad el ungüento de las propias heridas (3M 2,6). Concluye su obra del Castillo Interior con una rotunda afirmación: “El Señor es amigo de la humildad” (M concl.2).

El misterio de la Encarnación, nos da en María de Nazaret la clave: su humildad trajo del cielo a sus entrañas al Salvador (V16,2), como nosotros le llevamos en nuestras almas.

EL más importante aporte de S. Teresa de Jesús en su hija Juanita Fernández, luego Teresa de Los Andes, es respecto a la humidad, como hemos dicho, cimiento de toda santidad hasta convertirla en modelo de virtudes cristianas. Ella aprecia esta virtud, la valora y por lo mismo la ejercita y recomienda a sus familiares y amistades. “He comprendido que lo que más me aparta de Dios es mi orgullo. Desde hoy quiero y me propongo ser humilde. Sin la humildad las demás virtudes son hipocresía. Sin ella las gracias recibida de Dios son daño y ruina. La humildad nos procura la semejanza de Cristo, la paz del alma, la santidad y la unión íntima con Dios.” (D 29).

Establece una guía de conducta respecto al camino de la humildad para recorrer. Estas consideraciones son fruto de su retiro de 1917:

“Dos son los medios necesarios para alcanzarla:

1° La consideración de los motivos que tenemos para humillarnos;

2° La práctica frecuente de actos de humillación. Los grados principales son estos:

1° Sentir bajamente de sí y tratar de sus cosas como se suele hacer con aquellos a quienes se desprecia.

2° El verdadero humilde no quiere ser estimado. Nada grande siente o habla de sí, antes bien, se reputa por el último de todos. Si otros lo trataren así, sufrirlo en silencio.

3° Desear que lo hagan y buscar con cuidado estas ocasiones.

4° Si condenaran nuestro parecer o intención, alegrarse, dar gracias a Dios por ello.

Yo practico a veces los dos primeros. La humildad debe ser voluntaria, debe ser sincera, debe ser circunspecta, esto es, saber cuándo se debe ejercer. Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro.” (D 29).

En una carta a su amiga Elena Salas, escribe antes de ingresar al Carmelo aumenta a cuatro el número de medios para alcanzar la humildad:

“También procurarás ver tu nada y la grandeza de Dios, para que, conociéndote y conociéndolo, te desprecies más tú y ames más a Dios. Esta es la base de la humildad, la que se llama especulativa porque reside en nuestro entendimiento. De ella se deriva la práctica porque, humillándonos delante de Dios, al conocer nuestra bajeza, nos gusta que las criaturas nos desprecien y nos admiramos no lo hagan cuando somos tan malas para con Dios. Hay que ser muy humilde, porque sin la humildad todas las demás virtudes son hipocresía. Para adquirir la humildad:

1 – Tenemos que tratar de no hablar ni en pro ni en contra del yo, sino que despreciarlo.

2 – Humillarnos delante de las demás personas siempre que lo creyéremos conveniente, y para esto hacer cosas que nos humillen, como sería obedecer a una sirviente, a un hermano más chico.

3 – Cuando seamos humilladas darle gracias a Dios y decirse: «esto y mucho más merezco por mis pecados», y seguir muy amable con la persona.

4 – Tratar de servir a aquellas personas que nos sean antipáticas o a aquellas que notemos son poco cariñosas con nosotras, para así humillarnos.” (Cta. 82).

La formulación que aprendió de la Santa: “humildad es andar en verdad”, tiene varios ecos, como definirse como nada criminal o polvo sublevado, aunque no sabemos dónde escuchó estas expresiones o es creación suya. Lo único cierto es que la humildad, el conocimiento de sí misma, le vino ciertamente de poner su vida a la luz de Dios, Suma Verdad, su luz dejó en su alma, en su conciencia, la imagen de su realidad. La Santa, ante sus miserias, pecados, faltas se autodenominaba muchas veces mujer ruin, gran pecadora (V pról.1; 7, 22; 28,16; CV 1,2). S. Juan de la Cruz, también la pudo ayudar en este conocimiento personal, cuando en la escala de los grados de amor: “Hácele aquí otro efecto admirable, y es que se tiene por más mala averiguadamente para consigo que todas las otras almas: lo uno, porque le va el amor enseñando lo que merece Dios; y lo otro, porque, como las obras que aquí hace por Dios son muchas, y todas las conoce por faltas e imperfectas, de todas saca, confusión y pena, conociendo tan baja manera de obrar por un tan alto Señor. En este tercer grado, muy lejos va el alma de tener vanagloria o presunción y de condenar a los otros.” (2N 19,3).

Junto a la humildad, es la caridad, amor a Dios y al prójimo, las tres grandes y fuertes virtudes que practicó Juanita Fernández y que Teresa de Los Andes recogió los frutos de santidad en el Carmelo.

Para reflexionar

1.- ¿Cuál es la pasión dominante en mi vida y cómo la combato?

2.- ¿Cuál es la virtud que da crecimiento a las otras en mi vida?

Conclusión

El ejercicio de las virtudes teologales, cardinales y para la vida de comunidad propuestas por Santa Teresa de Ávila, son garantía de una santidad cotidiana, evangelio puro al servicio de la Iglesia y del prójimo más cercano y familiar.

P. Julio González C.

Pastoral de Espiritualidad Carmelitana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *