Estudio Teresiano-Andinense. Segunda conversión

Estudio Teresiano-Andinense. Segunda conversión

La gracia de la segunda conversión

en Teresa de los Andes

Hay dos grandes etapas que podemos constatar en el itinerario espiritual de Teresa de los Andes1. El punto de inflexión de dichas etapas es una locución que recibe a los 14 años, precisamente el año 1914, cuando Jesús le dice: “¡Cómo! Yo, Juanita, estoy solo en el altar por tu amor, ¿y tú no aguantas un momento?2”. Poco antes había confesado, a los trece años, que no hacía caso a su voz3. Sin embargo, a partir de la locución de 1914 no sólo recibirá ´la llamada´ para ser carmelita, sino que emprenderá un camino de fidelidad radical. Y la que poco antes ‘no hacía caso a su voz’ llegará a escribir más adelante: “aunque el corazón mane sangre, es preciso seguir la voz de Dios”4. Voz que puede implicar ´el sacrificio más grande´5, pero que al fin de cuenta siempre traerá ´la felicidad más completa´6.

¿Acaso no llevaba una vida espiritual intensa antes de los catorce años? Claro que sí, y eso es lo que pretendemos mostrar, pero no será sino a partir de la ´locución´ en cuestión, que no emprenderá un camino de fidelidad radical que, según nuestra hipótesis, configura lo que la tradición espiritual llama ‘segunda conversión’7. Por tanto, se debe asumir que su camino espiritual se había iniciado muchísimo tiempo atrás, por eso podemos hablar en el año de 1914 de segunda y no de primera conversión. El ‘cambio de rumbo’ originado a partir de la gracia locutiva adquiere, de hecho, todos los rasgos de lo que representa una conversión teologalmente madura. La importancia del acontecimiento de 1914 no radica en ‘la voz’ recibida, sino en la conmoción afectiva que provoca en Juanita. De hecho, voces de Jesús y de María ya había recibido desde niña. Lo nuevo es, por tanto, no sólo la locución, sino que el estado subjetivo profundo, ya sin resistencia, desde donde es recibida la voz de Jesús. En este sentido es justo pensar que el proceso de conversión hace relación tanto a la gracia objetiva, significada en el aspecto locutivo, como al estado subjetivo de quién la recibe. Este estado subjetivo, ‘la tierra preparada’, ha sido el resultado de un largo proceso a través del cual ha ido intentando ser fiel a la gracia, en un camino zigzagueante, de fidelidades e infidelidades, que no pocas veces se han quedado ‘a medio camino’. Todo este proceso necesariamente gradual madura en la gracia de 1914.

La respuesta teologal iniciada a partir del año 1914 corresponderá a una etapa avanzada de la vida espiritual8. La maduración teologal, generalmente, tiende a consolidarse cuando la persona comienza a ‘replantearse en serio’ la vida, situación que adviene generalmente en la segunda etapa de la vida9. En el caso de Juanita, sin embargo, es necesario resaltar que el contexto de la gracia locutiva de 1914 se enmarca en un período de reflexión interna serio, posibilitado por la enfermedad: “entonces pensé lo que era la vida”. Las enfermedades le procuraron de forma casi inevitable espacios para la reflexión y largas horas de oración, llegando a decir que ´estaba aburrida´ de tanto estar en cama. La experiencia de la operación de apendicitis que debe sufrir la vive como experiencia límite, de muerte. Es necesario señalar que en aquellos años había serios peligros de muerte en una operación de apendicitis. Ella se prepara para morir, se despide de todos, y se abandona a Dios: “me llevaban como un cordero al matadero para matarme y me puse a llorar. Di un grito…salieron los doctores. Me puse a conversar tranquilamente, pero me parecían carniceros, más Jesús venció por mí. Antes de ponerme cloroformo besé mi medalla y me metí en el Corazón de Jesús diciendo adiós al mundo”10. Esta experiencia límite le permite reconocer la gracia de la vida como si la recibiera por segunda vez, a partir de esta experiencia considerará la vida como si el Señor se la ‘acabara de dar nuevamente´11. Así repetirá varias veces como cuando escribe a un año de la operación: “En 1914, el año que pasó estuve enferma a la muerte, y [Jesús]me dio la vida otra vez. ¿Qué [he] hecho yo de mi parte, para este favor tan grande y para que Dios me haya dado la vida dos veces?”12.

La experiencia de que Dios le haya concedido la vida por segunda vez, junto con la gracia de la locución de 1914, forman un todo unitario. El proceso de gracia, sin embargo, vivido como segunda conversión en su nivel teologal, tiene como epicentro la locución de Jesús que amorosa y dulcemente le invita a vivir con él. Ello no excluye que la conversión de Juanita hemos de verla como el resultado de un sin número de factores internos y externos, así como de ‘orden sobrenatural´, que, en un momento determinado, confluyen sincrónicamente para producir el milagro de la conversión, que es al fin de cuentas ´un don de Dios´. En este proceso tiene importancia capital la locución divina que podríamos catalogar de gracia irruptiva y central que, sin embargo, necesita el contexto de la enfermedad y recuperación para que la pueda acoger a un nivel psicoafectivo profundo.

La llamada segunda conversión, generalmente, se verá favorecida y estimulada por factores antropológicos que la psicología evolutiva sitúa en el contexto de la llamada ´crisis de realismo´ producida alrededor de los cuarenta años13. Recordemos un caso típico de conversión a los 39 años como el de Teresa de Ávila. Juan de la cruz también hace referencia a esta ‘segunda conversión de madurez´ cuando en ‘Cántico Espiritual’ escribe: “cayendo el alma en la cuenta de lo que está obligada a hacer, de que la vida es breve, la senda de la vida eterna estrecha, que el justo apena se salva, que las cosas del mundo son vanas y engañosas, que todo se acaba y falta como el agua que corre, el tiempo incierto, la cuenta estrecha, la perdición muy fácil, la salvación muy dificultosa…y que gran parte de su vida e ha ido en el aire…y que ya es tarde y por ventura lo postrero del día…para remediar tanto mal y daño, por haberse ella querido olvidar tanto de él entre la criaturas , tocada ella de pavor y dolor de corazón, interior sobre tanta perdición y peligro , renunciando a todas la cosas, dando de mano a todo negocio , sin dilatar ni un día ni una hora, , con ansia y gemido salido del corazón , herido ya del amor de Dios, comienza a invocar a su amado”14. La experiencia subjetiva de Juanita claramente responde a lo descrito por Juan de la Cruz, donde la noción del tiempo y la perspectiva de la eternidad son fundamentales. De hecho, la relativización completa del tiempo será una de las nociones fuertes de su espiritualidad: “¡Oh, démonos a El! ¿Qué son cincuenta años y aún cien de vida, comparados con la eternidad?15La experiencia de la conversión además es experimentada como un don, una gracia gratuita no conquistada, sino recibida, escribe: “en ese instante me vi transformada, iluminada con la gracia de lo alto comprendí que el mundo era demasiado pequeño [para mí], [y] la que buscaba el amor de las criaturas, no deseó sino a Dios16, descripción sencilla y maravillosa que nos remite directamente al espacio teologal descrito por Juan de la Cruz.

Teresa de los Andes de un modo prodigioso alcanzó la plenitud de la vida mística a sus 19 años, año de su muerte, pero será desde el año de la locución de 1914 que iniciará su verdadero ´camino ascendente e iluminativo’, madurando rápidamente cada una de las etapas espirituales descritas por la tradición espiritual de la Iglesia. Su existencia fue, en este sentido, una existencia densísima desde el punto de vista teologal. Y en este camino vertiginoso la locución que recibe a los 14 años la clarifica e ilumina enteramente. Escuchemos su confesión clara al respecto: “Créeme Rebeca, que a los catorce y quince años uno comprende su vocación. Se siente una voz y una luz que le muestra la ruta de su vida. Ese faro alumbró para mí a los catorce años. Cambié de rumbo. Y me propuse el camino que debía seguir17.

Juanita habla de ‘cambio de rumbo’, ya que en su corazón se ha producido un vuelco, que va más allá de seguir perseverando en su vida piadosa, sino que consiste en acoger el amor de Dios que la invita a una respuesta radical. Ya no será Dios una parte importante de su vida, sino que será su vida misma, el nuevo horizonte y fundamento radical de su persona. Su opción fundamental por Dios se ha arraigado en lo más profundo de su persona ya a los catorce años.

En lenguaje técnico espiritual podemos decir que ´ha personalizado la fe´, ya que con la gracia del año 1914 se ha producido ‘un acontecimiento de encuentro con Jesús´ de tal manera que la vida teologal pasa a ser el centro de su persona; la fe y el amor en esperanza personalizan a Juanita, y va naciendo poco a poco Teresa de Jesús. Proceso que seguirá consolidándose hasta la más alta vida mística como ocurrirá con la gracia del 27 de Enero de 1919, donde creemos ver su entrada en el ámbito de la unión mística.

Volvamos a poner la atención en la locución de 1914. Hemos recibido el testimonio de Juanita diciendo que antes de esa gracia ´no hacía caso a su voz´18[la voz de Jesús], idea que repetirá el año 1919 cuando recordando este tiempo confiese que ‘sin comprender ni preocuparse’ de su vocación ´se dedicaba a divertir y pololear’19. Así su vida espiritual hasta los 13 años. Pero he aquí que actúa la gracia, la locución misma, y actúa de modo eminentemente afectivo, el tono y la ´la carga afectiva´ con que Jesús la corrige y a su vez le hace descubrir su amor será el núcleo de la gracia. Se señala expresamente en el Diario que Jesús le habló con una ‘voz muy dulce’. Enfatizando que se había quedado en el altar ‘por amor a ella’.

La gracia recibía producirá un cambio tan profundo que hará a Juanita ‘salir de sí’, de su permanente girar en torno a su yo [a su regaloneo]. Hasta ese momento Juanita vivía un conjunto de prácticas religiosas, ritos, y ascéticas piadosas, pero no desde un nivel personal y teologal profundo, no se había producido el encuentro verdadero, ya que su mundo emocional seguía herido, necesitado y replegado sobre sí.

Oportuno es recordar en este momento las palabras proféticas de Benedicto XVI en su Carta Encíclica “Deus Caritas Est” cuando señala: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y con ello, una orientación decisiva” (número 1). Por tanto, hasta la gracia de 1914 el corazón de Juanita aún no había sido conquistado por Jesús, sino que su camino espiritual estaba más establecido sobre la base moral y ascética, que no sobre el fundamento teologal-relacional.

El proceso teologal de Juanita se fue gestando bajo la mediación mariana. La relación de confianza teologal se desarrolla en ella, tempranamente, desde su entrega a María: “todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Pero mi devoción especial era la Virgen. Le contaba todo20. El camino mariano lo había iniciado mucho antes de la primera comunión, perdiéndose en lo recueros más remotos: “mi tía Juanita me dio una Virgen de Lourdes de loza que había tenido siempre al lado de mi cama. Esta es la virgen que jamás ha dejado de consolarme y de oírme21. El camino mariano le permitió ir madurando teologalmente, en una relación total de amor y confianza: ´le contaba todo’. Esta confianza era activa: ‘hacía actos´. Actos que ya configuraban una primera respuesta de fidelidad. Este proceso llega a madurez cuando comprende [´cae en la cuenta´] de la verdad infinita de Dios y de ella misma. Recordemos una vez más lo que le escribe a su padre: “oí la voz del Sagrado Corazón que me pedía fuera toda de Él. No crea que esto fue ilusión, porque en ese instante me vi transformada. La que buscaba el amor de las criaturas, no deseó sino el de Dios. Iluminada con la gracia de lo alto, comprendí que el mundo era demasiado pequeño para mi alma inmortal; que sólo con lo infinito podría saciarme22.

La búsqueda de Dios antes de 1914 se realizaba ciertamente dentro de los cánones establecidos, vida sacramental, rosario, actos de virtud, pero todo ello no podía sino ir envuelto con mucho amor propio y narcisismo sensible, prueba de ello es su sensiblería y tendencia a la pena y tristeza, de no ser mimada, regalona, y centro de todos los cariños. Aun así, es evidente que la gracia recibida ‘no cae del cielo’, como mera ‘experiencia irruptiva’, sino que, aunque para ella sea toda una ‘novedad’ y ‘gracia especial’, la gracia ordinaria y común ya venía preparándola para este momento. Su propio entorno social y familiar la ha ido preparando para ello, envolviéndola en un espacio afectivo penetrado profundamente por la fe. Siendo conveniente, por lo mismo, no minimizar la memoria familiar de ´su tradición de santos´. Su tía fue ‘una santa’, su abuelito ‘murió como un santo’, y al hacer memoria en su Diario de esta tradición de santos de la familia no podrá sino sentirse invitada a seguir esa senda familiar.

Su vida espiritual está signada desde la infancia más remota, preparándose para la primera comunión dirá: “modifiqué mi carácter por completo”23. Modificación que no ha sido conquistad, sino a través de una libre y consciente ascética, recordemos su expresión: ‘hacía actos’. Pero ¿a qué tipo de actos se refiere?, pues a actos sencillos y recios, tendientes a ir modificando los rasgos egoístas y no integrados de su personalidad: ´me mordía los labios´, ´aunque no me mandaran iría corriendo primero que todos´, ´no peleaba con los niños´, en fin, muchísimos actos pequeños pero importantes para su crecimiento espiritual: “tenía la libreta llena de actos24.

Recordemos algunos rasgos de su vida espiritual que ella vive ya mucho antes de la primera comunión, es decir, en el período que va desde los seis años hasta los diez años: “me decían muchas cosas para hacerme rabiar, pero yo seguía como si no los oyera. Por esto mi mamá me hizo regalona25; con esa obediencia filial temprana, más los precoces deseos de recibir a Jesús en la eucaristía: “cuando llegaba la comunión, me encendía de deseos de recibir a N. Señor26, en conjunto de su importante devoción mariana: “por este tiempo empieza mi devoción a la virgen. Todos los días Lucho me convidaba a rezar el rosario27, van configurando y consolidando una fidelidad creciente que debe ser valorada como el fundamento necesario para la gracia locutiva del año 1914. La gracia de 1914 no cae del cielo, aunque Juanita crea que su vida anterior sea mediocre, es en realidad la coronación de pequeñas fidelidades anteriores, lo que no excluye que la gracia de su conversión sea experimentada como una total novedad. Al fin de cuentas, es gracia.

En relación a la primera etapa, ´proceso primero´, es significativa la importancia de la Eucaristía-comunión: “todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Yo quería morir y le pedía a Jesús que el ocho de diciembre me llevara”. Ella misma confesará este cambio significativo que vive en la Comunión: “mi vida se divide en dos períodos: más o menos desde la edad de la razón hasta mi Primera Comunión28. Esta división marca la importancia y cambio de ritmo que se inicia a partir de la primera comunión, aunque confiesa: “[Jesús]me colmó de favores tanto en el primer período como en el segundo29.

Hasta los diez años vivirá una ascética de la espera, esperando y preparándose para la comunión, así como de su encuentro con el sufrimiento, que luego integrara hondamente en su espiritualidad de la cruz: “desde esta época es cuando Nuestro Señor me mostró el sufrimiento30. En esta etapa anterior a la locución de 1914, en que la fidelidad teologal va mezclada aún con muchos elementos impuros de naturaleza egoísta, creemos reconocer “la noche del sentido” de la que hace mención Juan de la Cruz. Este período queda caracterizado en una tenaz lucha contra la sensibilidad egoísta. Juanita deberá luchar contra su hipersensibilidad, rabietas, penas y llantos. Es interesante la recomendación que le da a su hermana cuando escribe: “pues te repito lo que muchas veces te he dicho: que eso sólo nace de la susceptibilidad, la cual, si no la haces desaparecer, te amargará la vida entera31. Juanita recomienda lo que ella misma ha vivido, su ascética primera ha consistido precisamente en ir tratando de “hacer desaparecer” su susceptibilidad enferma y narcisista.

El trabajo de purificación de su carácter tímido, rabioso, orgulloso, impaciente, vanidoso e hipersensible consistirá en el núcleo esencial de ´la purificación del sentido´ para Juanita; había reconocido su “orgullo” y “vanidad”32, así como su hipersensibilidad: “lloré muchísimo33, y melancolía, “andaba tan triste como no es posible imaginarse34, también su estar “iracunda” y darse a “llantos histéricos”35, “quejas”36, etc. Es decir, todas las descripciones de las imperfecciones que Juan de la cruz hace de los principiantes en el primer libro de “Subida del Monte Carmelo” y que describen la noche del sentido.

Teniendo en cuenta toda la dimensión purificativa primera, aquí descrita, se puede afirmar que la gracia de 1914 es de tal magnitud que significa el tránsito de una vida teologal no madura a una vida teologal ya plenamente consolidada de la cual la segunda conversión es la puerta. Recordemos nuevamente la gracia de 1914 a través de otra memoria de ésta, memoria que e hiciera a uno de sus acompañantes espirituales, escribe al Padre Falgueras: “A los catorce años, cuando estaba enferma en cama, Nuestro Señor me habló y me dio a entender lo abandonado y solo que pasaba en el tabernáculo. Me dijo que lo acompañara. Entonces me dio la vocación, pues me dijo que quería que mi corazón fuera sólo para El, y que fuera carmelita37.

La carta al Padre Falgueras hace entender lo que la gracia ha significado para ella después de cinco años transcurridos. Enfatiza la necesidad que tiene Jesús de compañía, comprende la soledad de Jesús como una invitación a una vida de comunión íntima y permanente con él, característica central de su espiritualidad, y centro de su conversión misma. Juanita a partir de la locución de 1914 desarrolla una espiritualidad no sólo de reparación y expiación, típica del Sagrado Corazón, sino también una espiritualidad de la intimidad, típica del Carmelo: “una vida íntima38. Toda su espiritualidad se encuentra en germen en la gracia de 1914, y será a partir de ese año que ese carisma personal se comienza a asumir en forma radical.

La soledad fue en la vida de Teresa de los Andes una realidad que la hizo sufrir mucho, y por lo mismo, paradojalmente, no será sino otra soledad, la de Jesús, la que la liberará de su narcisismo sensible: “y la que buscaba el amor de las criaturas, ya no deseó más que el amor de Dios”.

¡Cómo! Yo, Juanita, estoy solo en el altar por tu amor, ¿y tú no aguantas un momento?

(Fray Cristhian Ogueda Riffo)

1 Usaremos indistintamente el nombre de Juanita así como el de Teresa de los Andes, reservando el de Juanita sobre todo para el tiempo previo a su entrada al Carmelo.

2 Diario 7

3 Ídem

4 Carta 73 (25 de marzo de 1919, a su papá)

5 Carta 122 (14 de agosto de 1919, al P. Julián Cea, CMF)

6 Ídem

7 Cf. Javier Garrido, “Proceso Humano y Espiritual”, Sal Terrae, 1996

8 Autores como Javier Garrido no sitúan la segunda conversión antes de los cuarenta años

9 A no ser que otras mediciones aceleren el proceso: enfermedades, gracias especiales, ambiente, etcétera.

10 Diario 8

11 Diario 9

12 Diario 10

13 Cf Javier Garrido, “Proceso humano y Gracia de Dios”, Sal Terrae, 1996, páginas: 375-404

14 Cántico Espiritual (1, 1)

15 Carta 40 (a Elena Salas González, octubre-noviembre de 1918)

16 Carta 73

17 Diario 16 (15 de abril de 1916, a su hermana Rebeca)

18 Cf. Diario 7

19 Cfr. Carta 73

20 Diario 6

21 Diario 5

22 Carta 73

23 Diario 5

24 Ídem

25 Ídem

26 Diario 3

27 Diario 5

28 Diario 1

29 Diario 1

30 Diario 5

31 Carta 159 (Carta a Rebeca del 2 de febrero de 1920)

32 Diario 2

33 Diario 3

34 Diario 4

35 Diario 5

36 Diario 7

37 Carta 87 (Carta al Padre Falgueras)

38 Diario 1

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