Estudios teresiano-andinense. La Idealización del Sacrificio en la Crisis de Discernimiento de Teresa de los Andes

Estudios teresiano-andinense. La Idealización del Sacrificio en la Crisis de Discernimiento de Teresa de los Andes

Estudios teresiano-andinenses

Centenario Pascua Teresa de los Andes

Fray Cristhian Ogueda, ocd

La Idealización del Sacrificio en la Crisis de Discernimiento de Teresa de los Andes

Estudio sobre la función del sacrificio como gatillante de la crisis vocacional,

Estudio a partir de la Carta 56 a Artemio Colom, del 29 de enero de 1919

A MODO DE INTRODUCCIÓN: El tema del sufrimiento, la inmolación, el sacrificio, el holocausto y el ser víctima son centrales en la espiritualidad de Teresa de los Andes. Pero que sean centrales, que estén en el centro, no significa que sean “el centro” de su espiritualidad. El sufrimiento está en el centro, pero no es el centro de su espiritualidad. La síntesis teresiana debió madurar a lo largo de un período purificatorio, que de manera especial vemos reflejado en el proceso de discernimiento vocacional, para que “la mística del sacrificio”, aun siendo un elemento central de su espiritualidad, no asumiera una centralidad hegemónica e inorgánica. Discernir su vocación fue, para Teresa, no sólo un discernir teórico, sino, sobre todo, un purificar profundamente las diversas dimensiones y motivaciones de su persona.

De esta purificación, a través de una verdadera noche oscura, surgirá una armónica síntesis espiritual muy suya; donde elementos contrapuestos lograr plena complementariedad. Desde una integración ya lograda, se crearán ya las condiciones mínimas, para que pueda discernir- y reafirmar-, fácilmente su vocación y llamado primero.

No existe posibilidad de claridad y discernimiento allí donde algunos aspectos de la vida psíquica y espiritual no están aún integrados.

Discernir no es sólo discernir, sino que implica en primer lugar crear las condiciones de posibilidad para que dicho discernimiento se haga posible, y esas condiciones implican un resituarse como persona antes las múltiples dimensiones que la vida espiritual requiere: amor, sacrificio, felicidad, oración, cruz, soledad, silencio, mundo, criaturas, Dios, etc. Todos ellos elementos deben estar bien cohesionados e integrados, basta que uno de esos elementos se hipertrofie para que todo el sistema de armonía que supone un discernimiento maduro quede sin fundamento y hunda a la persona en la oscuridad y confusión. Esto es lo que ocurre en Teresa de los Andes en un primer momento, donde el anhelo por el sacrificio, “la atracción por él” imposibilite reconocer la más profunda llamada de Dios. Teresa en esa desarmonía pasa por una fase durísima de oscuridad, de dudas, y de incertidumbres. Etapa necesaria para que su decisión por su vocación pueda madurar en forma equilibrada, y llegue a ser una decisión fuerte, generosa, y liberadora. Teresa de los Andes ofrece un camino orientativo para quienes se sientan inspirados a seguir el camino junto a ella.

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La Carta 56 al Padre Artemio Colom del 29 de enero de 1919 va a ser la Carta guía para resituar correctamente la mística del sacrificio que Juanita fue tan tempranamente desarrollando. Es una Carta que expresa un proceso que va cerrando ya de modo claro en relación con su oscuro y tormentoso discernimiento. ¿Por qué le costó tanta angustia encontrar su vocación de carmelita, si a la distancia y siguiendo sus escritos era más que evidente? Creemos que una de las razones puede ser su relación e importancia excesiva que otorga a lo que podríamos llamar su “mística del sacrificio”, viviéndola de modo inorgánico o al menos, no en el grado de equilibrio que se requería para afrontar una decisión tan importante como decidir sobre su entero futuro.

Volvamos a la Carta al Padre Artemio. En ella Juanita enumera las razones “para querer ser carmelita”, y demuestra ya el resultado de un largo proceso de lucha y de sufrimiento. Discernir no es sólo saber, sino que requiere una purificación del fondo del corazón, para saber bien y sentir con certeza de la voz de Dios en lo profundo del corazón. Certeza necesaria por lo demás para alimentar la radicalidad de toda vocación. Juanita escribe al Padre Artemio, y le pide le confirme en una decisión, que ya en su subjetividad ha madurado; después de muchas dudas, oscuridades, y sufrimientos donde juanita no sabía si entrar a las carmelitas o al Sagrado corazón, ha descubierto que Dios la quiere en el Carmelo. Descubrimiento que no surge sin antes visitar a las carmelitas en Los Andes. Allí su corazón ha descansado – el carmelo-: “sentí en el fondo de mi corazón que Dios me quería allí”. Pero, no queriéndose sólo dejarse guiar por su sentir, por profundo que sea este, buscará acreditar su llamada con el sacerdote que la conoce “desde chica”, y por eso escribe: “antes de decidirme por la vocación que debo seguir he querido tomar el consejo suyo, pues usted me ha conocido desde chica”.

En la razones que enumera para ser carmelita es importantísimo, a mi parecer, la jerarquía manifestada en la secuencia. De hecho, el sufrimiento no va a ser la primera razón para discernir su vocación. Más aún, cuando en el discernimiento cometía el error de discernir con ese único criterio, se equivocaba y confundía, y prácticamente el sobrevalorar el valor del sufrimiento ha sido la causa de sus tinieblas y dudas. Ha sufrido mucho tomando el sufrimiento como clave interpretativa de su vocación, otorgándole al sufrimiento una función principal que no tenía, haciendo girar en torno a él de forma hegemónica el resto de los diversos elementos y dimensiones de su rica espiritualidad.

Antes del viaje a los Andes (enero de 1919) no tiene Juanita claridad sobre su vocación, si Carmelita o del Sagrado Corazón, y la gran dificultad en ese discernimiento al estar absolutizando -sacralizando- la dimensión sacrificial como mediación única y central, la va a hundir paradójicamente en un gran sufrimiento que la confunde y atormenta. Se da la paradoja que diciéndose atraída por el sufrimiento no acepta el sufrimiento y tormento que se le produce al situarlo en el centro de un discernimiento que claramente pasa por otros criterios.

Dejando en segundo plano otras dimensiones de su espiritualidad, como lo son el silencio, la soledad, la vida oculta, la vida íntima, la vida de oración, que eran también claras mediaciones y atractivos por las cuales Dios se le manifestaba, se hunde en una crisis profunda.

Recordemos que Jesús le había manifestado, en la gracia de los catorce años- post-apendicitis-, que fuese carmelita: “me fue enseñando como debía sufrir y no quejarme. Y de la unión íntima con El. Entonces me dijo que me quería para El. Que quería que fuese carmelita”(Diario 7). Teresa tiene 14 años, acaba de recibir la locución del cuadro del Sagrado Corazón que le dice: “¡cómo! Yo, Juanita, estoy solo por tu amor en el altar, ¿y tú no aguantas un momento?”. Esta gracia va a ser el inicio de la llamada “segunda conversión”, Teresa va entrando en la vía iluminativa, es decir, en ese camino lleno de gracias y luchas, camino de luces y sombras, iluminaciones y tentaciones, donde se va consolidando su seguimiento y madurando a la vida teologal. Al iniciar ese camino ya se le ha regalado el secreto de su vocación, a sus 14 años, Jesús le mostraba su deseo: “quería que fuese carmelita”. Pero esa voluntad se va a oscurecer en este largo período iluminativo sobre todo cuando deba discernir su vocación de modo más concreto: ¿O seguir la llamada de Dios en el Carmelo o en el Sagrado Corazón? Recordemos la gran influencia de las religiosas del Sagrado Corazón donde ella misma ha estudiado tanto como externa e interna estudiante. Allí se ha dejado guiar y conducir por esa espiritualidad.

La dificultad que tiene Juanita para discernir tiene que ver, a nuestro parecer, con la centralidad un tanto inorgánica que le da al sacrificio y al sufrimiento. De hecho, al considerar la vida del Sagrado Corazón, se entusiasma ya que va a empezar a admirar la vida de sacrificio que llevan las religiosas, y eso es lo que ella busca. El 8 de noviembre de 1917 al escribir a la Madre Angélica Teresa (Carta 16) le decía: “penitencias no me dejan hacer por mi salud. Esto es para mí un gran sacrificio, pues veo reverenda madre que como soy mala, necesito pagar mucho a N.S. para que tenga piedad de mí”. El sacrificio tiene un puesto primerísimo en su espiritualidad y llega a ser motivo de sufrimiento el no poder sufrir, estando relacionado además por la incapacidad todavía de reconocer un amor completamente gratuito, sin necesidad de pagar, de devolver, o de demostrar: “nadie podrá convencerme de que mi deber no es seguir a Dios. Sacrificándolo todo para pagarle su infinito amor como mejor pueda” (Carta 81-14 abril de 1919) Por eso, Juanita deberá pasar una gran crisis en relación con este aspecto de la espiritualidad, que sacraliza y absolutiza de modo excesivo. Una de las raíces de esta concentración y necesidad del sacrificio y sufrimiento respondería al “deseo de pagar” tan propio de las personas con alto sentido religioso. En Juanita cuanto más sea el amor que vaya recibiendo, más grande será el sufrimiento e impotencia por no poder devolver ese amor: “a veces deseo sufrir las penas del infierno con tal que , sufriendo esas penas, le pagara sus gracias de algún modo y le demostrara mi amor” (Carta 56)

Para Juanita los sacrificios tienen “valor de cambio”, los sufrimientos merecen, son pagos, se recompensan, con Dios y con los hombres, escribe a su papá: “no dejo de rogar para que N.S recompense sus perpetuos sacrificios” (Carta 17), más adelante: “no tenemos como pagárselo- [a su papá], pues es demasiado su sacrificio” (Carta 21), y así por el estilo. Es decir, el sacrificio es positivo, altamente valorado. A la Madre Angélica Teresa le escribe: “le ruego me hable de la vida de sacrificio de la vida de la carmelita, porque es esto lo que más me atrae” (Carta 37). Juanita ve un valor en el sacrificio y ese valor la atrae, llegando a afirmar que es “lo que más me atrae” de la vida de carmelita. Esta expresión de la Carta 37 es del 18 de septiembre de 1918, encontrándose en plena crisis y proceso de discernimiento. Mientras otorgue excesiva preponderancia al sacrificio no podrá discernir con claridad su vocación, o mejor decir, retornar a su llamada inicial de ser carmelita. Escribe al padre José Blanch el 13 de diciembre de 1918: esa vida de oración y de unión con Dios me liga fuertemente a irme para allá- al carmelo- . Más, de repente, creo que debo sacrificar esos atractivos, para ganar almas” (Carta 45). Claramente el discernimiento vocacional pasa por reconocer el atractivo por la oración y la unión como la manifestación de la voluntad de DIOS, pero se ve interferido por su afán desmedido en el sacrificio: “creo que debo sacrificar esos atractivos para ganar almas”. ¿Acaso Dios no llama por esos atractivos? ¿Acaso el atractivo a la soledad es espontáneo o no es más bien una llamada de la gracia?

La Mística del sufrimiento, holocausto, del ser víctima junto a Jesús, claramente no se integra en la genialidad que será la riqueza de su espiritualidad madura, aún vive de modo demasiado unilateral aspectos de una misma llamada. Juanita pareciera ser una joven unidimensional donde lo que más pareciera importarle a Dios es el sacrificio.

Insistiendo en el sacrificio como elemento central: “creo que debo sacrificar esos atractivos a ganar almas”, el valor del sacrificio llega a ser hegemónico, llegando a oscurecer la verdadera llamada. En esa misma dirección errada de pensamiento se dirigirá a la Madre Angélica Teresa el 1 de Enero de 1919: “le suplico me dé a conocer la vida de la carmelita por entero, hablándome sobre todo del sacrificio y de la inmolación que encierran, pues creo que es el punto que no he profundizado bien. El Sagrado Corazón me atrae porque en él se lleva una vida de constante sacrificio” . Juanita quiere comparar en qué estado religiosos se sacrifica más la persona, ya que ese sacrificio de alguna manera indicaría la perfección y la cercanía con Dios: “a mí, como regalo de Pascua- navidad- me trajo su cruz. Es lo que él más ama…,lo único que deseo es sacrificarme por él, ya que él se sacrificó toda su vida por mí” (Carta 46). El amor de Cristo es el que redime, no su sufrimiento, aunque ese amor pasa mediado por su vida de entrega y sufrimiento, pero, aunque no hay amor sin sufrimiento y sacrificio, ello no concluye que el sacrificio sea el centro de la llamada y de la entrega. El amor sin la mediación del sacrificio es una quimera, pero el sacrificio siendo mediación necesaria no implica que sea mediación absoluta. Solo el amor redime y salva.

Ciertamente en Juanita hay una sacralización del sufrimiento que está hegemonizando y rigiendo toda su espiritualidad en el tiempo de la crisis, siendo la causa de la misma; no obstante, pasar este proceso purificatorio le permitirá ir descubriendo la mediación mayor y mejor que el sólo sacrificio: El amor. Sin descuidar la mediación del sacrificio, esta irá quedando subordinado, poco a poco, completamente al amor: “amo y en amor deseo vivir toda mi vida…[y] no importa mortificar la carne, hacerla morir, si de esta manera nace la vida del alma y la unión con Dios” (Carta 96). Incluso a nivel humano llega a descubrir la relación sacrificio-unión [amor], cuando dice: “la vida de familia para que sea vida de unión ha de ser un sacrificio continuado” (Carta 121), es decir, el sacrificio en función de la unión de amor.

Lo importante en el discernimiento ya no va a ser el sacrificio en sí, sino la llamada de Dios que se expresa de diversas maneras, en el atractivo al silencio, la vida de unión y soledad, etcétera: el sacrificio será un elemento indispensable que estará en el centro de su espiritualidad, pero no será ya el centro. Lo importante no es descubrir donde pueda sufrir más, sino descubrir la voluntad de Dios, para a partir de ahí asumir, en esa voluntad, todos los sacrificios que sean necesarios. Ya entrada en el Carmelo recordará: “hace ya tres meses todo lo dejé por seguir la voz de Dios. En seguida encontré el sacrificio más grande de la vida-dejar sus seres queridos-. Sin embargo, encontré la felicidad más completa…esto es lo que quiere de mí el divino Jesús : renuncia y muerte de mi ser para que El viva en mí” (Carta 122). Vemos en esta carta como el sacrificio total queda asumido en una armonía orgánica donde el sacrificio va unido y subordinado completamente a la voluntad de Dios y además integrado con la felicidad.

El elemento clave en el discernimiento de Juanita va a ser descubrir que su llamada es a el trato continuo con Dios, y no al sufrimiento. Y solo en función de ese trato se han de asumir todos los sacrificios necesarios. La llamada a la la unión con Dios va a ser el centro de su vocación y espiritualidad específica. Elemento fundamental del carmelo teresiano por lo demás. En Teresa de los Andes esa unión con Dios, unión con su voluntad, se da de modo especial en el trato íntimo-en el fondo de su corazón-, unión , sin embargo, íntimamente ligada a la negación y sacrificio, pero cuyo fundamento y meta sigue siendo la relación y trato con Dios: “que feliz me siento cuando al final del día puedo decir que me he negado en todo. Pero desgraciadamente no es diariamente, pues con frecuencia veo que no estoy del todo desasida , pues deseo conversar con mis hermanitas; lo que no debe existir en una carmelita, cuyo trato debe ser sólo con Dios” (Carta 122). Es en función de este trato con Dios donde el sacrificio y negación adquieren sentido: se debe negar y sacrificar el trato con las hermanas para abrirse más al trato con Dios, y así en todo lo demás. Negación es opción por Dios.

En la Carta escrita a su amiga Amelia Montt Martínez de octubre de 1919-Carta 141- ya podemos encontrar una síntesis madura y centrada de todas las vivencias que poco a poco, hasta ese momento, ha ido integrando, y que ahora disfruta en armonía: soledad, silencio, sacrificio, amor, unión…Todas estas y otras múltiples dimensiones las ha vivido Juanita, pero sólo ahora adquieren una armonía, jerarquización, y claridad total. Le escribe a su amiga, para que discierna la voluntad de Dios: lo único que te debe preocupar es conocer a Jesús para amarlo; pues si lograr enamorarte de Él, sabrás mas tarde seguirlo donde su voluntad divina te lo indique[…]así pues, donde tu creas conseguir mejor esta unión, allí debes irte. Para mi estuvo en la completa soledad[…]Además me parece que el trato con el mundo me hubiera impedido ese recogimiento continuo, esa presencia incesante de Dios en el alma, que es lo que produce la unión. La vocación de la carmelita es toda fundada en el amor[…]Amémosle, que es el amor dándose a sus criaturas. El viene a nuestra alma para que desaparezca en Él, para endiosarla.”

Había expresado, un poco abruptamente, que lo que más le agrada a Jesús era el sacrificio, pero al final ya comprende completamente que la función del sacrificio solo tiene como finalidad ser mediación para lo único absoluto, el amor: “siempre escucho su palabra divina. Siempre siento los latidos del corazón de mi Dios que me pide amor, porque Él sabe que el amor encierra todo: sacrificio y almas”. En la misma Carta, recordando como hace su oración a Jesús, escribe: “sólo me sacrifico por recoger tu sangre adorada, para que no se pierda. Así, pues, salvo las almas, pero sin perderte de vista , mi Astro divino. Mi inteligencia, mi pensamiento, mi memoria te pertenecen […] ¿Qué me queda? Nada. He venido a desaparecer en ti, Jesús mío” (Carta 141) El final de todo este proceso lleva a Juanita a transformarse en Jesús. Ha llegado a ser nada, ese es el final de su holocausto, de su sacrificio, de su inmolarse, de su ser hostia, y llegar a ser víctima, pero una nada en sí, que se abre a recibir el ser mismo desde Jesús: “He venido a desaparecer en Jesús”. No dice “con” Jesús, ya que en realidad ya no hay un estar uno junto al otro, en yuxtaposición, sino un transformarse “en” el otro que es Jesús: “he venido a desaparecer en Jesús”. El sacrificio de Juanita logra integrarse en su espiritualidad, comprendiendo que la finalidad de este era ,por la inmolación, llegar a ser Jesús: siendo como Jesús inmolado hasta el fin del mundo en el sagrario: “me ha asemejado a Él haciéndome hostia”. Hasta aquí la Carta a su amiga Amelia Montt Martínez-quien será luego Carmelita en el Carmen Alto-, desde donde podemos ver ya reflejada la armonía de opuestos que desde la unión con Dios ha logrado constituir su propia y genuina espiritualidad.

Ya en el año 1920-año de su muerte, El 17 de febrero, al escribir a su prima Anita Rucker, que está discerniendo por entrar al Sagrado Corazón, va a resituar la relación “sacrificio-unión”. Entre sacrificio, por un lado, y la unión con Dios por el otro, que han sido los dos ejes que han ido configurando su espiritualidad, Juanita seguirá apreciando la vida de sacrificio de las religiosas del Sagrado Corazón: “no creas que al preferir mi vocación de carmelita no aprecia tu vocación, que la encuentro también toda llena de sacrificio y abnegación”, pero ahora comprendiendo el mismo desde una síntesis mayor, sabiendo que la llamada de Dios para ella pasa por “la atracción” que ella experimentaba para la vida de trato con Dios: “Pero para mí existía un atractivo inmenso para la vida de oración, para la vida de la íntima unión con Dios, ya desde este destierro” (Carta 160) Se atreve a proponerle a su prima que cuando sea religiosa del Sagrado Corazón lo sea en el celo de las obras externas, pero en cuanto a lo interior-en el corazón- que sea carmelita: “que vivas siempre con Dios en el fondo de tu corazón” (Carta 160). Claramente el centro ya no está puesto en el sacrificio, sino en la vida de unión.

Decíamos que, como registra la Carta 56, después de la visita de Juanita a los Andes, ésta ya experimenta la certeza de su vocación: “Sentí en el fondo de mi corazón que Dios me quería allí”. Pero para terminar este discernimiento, con garantía eclesial, necesitaba escribir al padre Artemio : “antes de pronunciarme decididamente por la vocación que debo seguir, he querido tomar el consejo suyo, pues usted me ha conocido desde chica”. Ella ahora busca no ya decidir, sino dar un pronunciamiento “decidido”, donde la expresión “decididamente” ya no es verbo-ya ha elegido-, sino que, usando la forma adverbial, da a entender que lo único que necesita ahora es la confirmación eclesial, para poder determinarse determinadamente como diría Teresa de Ávila, con todo su ser.

Juanita, para formalizar su determinación, debe esperar la respuesta del Padre Artemio Colom, y por ello enumera “las razones” que ya ha discernido para querer ser carmelita, donde claramente ya no es el sufrimiento y el sacrificio la razón principal de su discernimiento, sino que esta dimensión oblativa queda relegada-aun siendo central- al tercer o cuarto lugar, y además dentro de un contexto teologal y personal. ¿Cuáles son las razones que da para querer ser carmelita? Aquí están:

1- La vida de oración que allí se vive, la vida íntima de unión con Dios

2- La soledad, cuando estoy sola estoy con Dios

3- La pobreza, no teniendo nada, el corazón permanece puro, solo para Dios

4- La penitencia me atrae, a semejanza de Cristo, que el cuerpo se someta al alma

5- El sacrificio en silencio, solo Dios lo sabe

6- El fin de la carmelita, la santificación de sacerdotes, y conversión de pecadores.

La función del sacrificio no queda eliminada, sería faltar a un elemento importantísimo en la espiritualidad teresiana, pero sí queda resituada, y además comprendida en un espacio relacional. Expresiones como “a semejanza de Cristo” se hará penitencia, y un sacrificio que lo que tiene de especificidad ya no es tanto el contenido, sino el que se viva de cara a Dios: “sólo Dios lo sabe”, fundamentando así adecuadamente- teologalmente- la mediación del sacrificio.

El sacrificio no se puede idealizar, sacralizar, absolutizar, pero tampoco es una mediación de la que se pueda prescindir, ya que es esencial, no sólo a la espiritualidad teresiana, sino a la espiritualidad carmelitana y católica en general.

Juanita seguirá clarificando ya en el carmelo la razón más genuina y personal de su vocación. Prueba de ello tenemos en la Carta del 20 de Julio de 1919 cuando escriba al padre Artemio: “Mi ideal de ser carmelita es ser hostia, ser inmolada constantemente por las almas, y mi fin principal es sacrificarme porque el amor del Corazón de Jesús sea conocido”. Si bien como carmelita es hostia con Jesús-“junto al divino prisionero”-, esto no es aún suficiente, sino que descubre algo más personal aún, su “fin principal”: “mi fin principal es sacrificarme porque el amor del Corazón de Jesús sea conocido”. No sólo carmelita que como hostia se entrega, sino la razón última de su entrega ya no es ella misma, ni el mundo, ni pecadores ni sacerdotes, sino simplemente- principalmente- que el amor de Jesús sea conocido.

Teresa de los andes, ha llegado a articular así una espiritualidad eminentemente genuina, auténtica, original, logrando ser fiel a todas las dimensiones de su persona, integrando todos los aspectos y elementos humanos y espirituales que bullían en su interior: podrá ser víctima, altar, pero dentro de una estructura espiritual y teologal altamente integrada, personalizada, y orientada.

Teresa de los Andes ha logrado unificar e integrar bajo el amor a Dios todas las dimensiones y llamadas contrapuestas que gemían en su interior: ansías por la felicidad, sentido agudo de trascendencia, necesidad de amor, de ser ofrenda victimal, logrando en Teresa de los Andes alinearse todo en función de lo único necesario, amor de Jesús: que su amor sea conocido.

A MODO DE CONCLUSIÓN podríamos terminar con una humilde reflexión: Todas las gentes se sacrifican por algo, la pregunta, entonces, que podemos hacernos es: ¿esos sacrificios brotan de una fidelidad auténtica a la propia vocación? ¿Se ha descubierto el propio puesto en la Iglesia? La fidelidad a la propia vocación, “lo más principal”, va más allá de una vocación general. Juanita es carmelita como muchas otras, pero no lo es de un modo general, sino que ha configurado un ser carmelita de un modo único, auténtico y original. Ante ese vocación de autenticidad que Dios regala a cada uno, todos los sacrificios son necesarios e imprescindibles. Ser infiel a sí mismo es ser infiel a todo lo demás. Se juega la vida en este ser fiel a la voz de Dios ante la propia y singular vocación que es cada persona. Seguir la voz de Dios implicará dejar todo lo demás: “hace tres meses que todo lo dejé por seguir la voz de Dios. En seguirla encontré el sacrificio más grande de la vida. Sin embargo, encontré la felicidad más completa, la vida verdadera aquí en la tierra. Ahora que me encuentro sola con el Dios amor me parece nada todo cuanto hice para conquistar esta soledad tan querida, donde el alma sólo posee a Dios[…] esto es lo que quiere de mí el Divino Jesús: renuncia y muerte de no ser para que El viva en mí”-Carta al Padre Julián Cea, del 14 de agosto de 1919- .

Y ¿Qué es lo que quiere de mí el divino Jesús? Juanita supo responder y descubrir esa voz y encontró la felicidad más completa, pagando el precio del sacrificio más grande. Seguir la propia vocación requiere todo el sacrificio. Es fácil ser copia e inauténtico, lo realmente grande es responder a la propia vocación. En la actual vida de la Iglesia, con múltiples espiritualidades, Teresa de los Andes parece invitar a todos a que descubran su propio llamado y vocación- no todos están llamados a la soledad y vida interior como ella- . Pero todos pueden y deben darse a Dios con todo el sacrificio que ello implica, hasta morir como víctima en las manos de su voluntad. Decía Teresa respecto a su vocación de carmelita: “su sacrificio es perpetuo, sin mitigación, desde que nace a la vida religiosa hasta que muere como víctima, a ejemplo de Jesucristo”. Toda persona está llamada a hacerse víctima en aquello que Dios le pide. Descubrir la propia vocación requerirá pasar una crisis y noche oscura como la de Juanita para que todos los elementos de la propia vida adquieran la armonía, integración, y jerarquía que Dios ha soñado para cada uno de nosotros, la única y singular vocación que es cada uno. Una vez descubierta la propia vocación, camino largo y arduo, vendrá necesariamente la purificación de ésta, para que nuestra felicidad sea completa.

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