La felicidad en Teresa de los Andes

La felicidad en Teresa de los Andes

LA ALEGRÍA, FRUTO DEL AMOR

Dios es un don, recordemos el diálogo de Jesús y la samaritana, “si conocieras el don de Dios” (Juan 4, 10), pero muchas veces se experimenta a Dios no como un don, sino como una exigencia. Es triste ver convertida la experiencia dichosa que Jesús tiene de su Abbá en mera exigencia, prohibición, mandato, ley, castigo, culpa. Una genuina teología y espiritualidad saben que Dios es antes que nada un regalo, una gracia, no sólo un don, sino “el don” por excelencia. Sí, Dios es don, regalo, gracia gratuita, el don de amor total a los hombres, y consecuencia de ese don no puede sino brotar en el hombre el gozo y la alegría, don mismo del Espíritu (Gálatas 5, 20).

Ahora bien, es justo preguntarse sobre el origen de la alegría, y en ese sentido encontramos una respuesta contundente en la espiritualidad de Teresa de los Andes. De hecho, en la espiritualidad teresiano andinense, la alegría será el fruto más excelente y testimonial del encuentro con Dios. Dios mismo es esa alegría, y la comunica. Pero esa misma alegría que es Dios tiene a su vez una fuente más secreta. Esa fuente más secreta de la alegría es el corazón mismo de la espiritualidad de Teresa de los Andes, esa fuente secreta es “el amor íntimo de Dios”.

El amor produce alegría, el don de Dios-Amor produce bienaventuranza, “dichosos vosotros” repite Jesús innumerables veces. Dios es alegría, es don, y sólo en un momento segundo puede ser visto como respuesta o exigencia de fidelidad. De esta verdad Teresa de los Andes es testigo privilegiado. Dios es para Teresa de los Andes, antes que todo, alegría infinita. Sólo desde esta realidad se podrá luego articular los aspectos más duros del mensaje cristiano como la renuncia y el seguimiento en Cruz.

Podemos hablar de la espiritualidad de Jesús como una espiritualidad de la fiesta y de la alegría, es cosa de ver la cantidad de banquetes y encuentros que van en esa línea. Teresa de los Andes, aun viviendo en un contexto un tanto jansenista, pelagiano y voluntarista, no deja de captar esa fibra íntima del evangelio como alegre y buena noticia que trae Jesús. Sin tener estudios bíblicos, Teresa de los Andes ha logrado entrar de forma equilibrada en el centro del mensaje de Jesús sobre la espiritualidad de la alegría; ella buscó la felicidad desde niña, “he tenido ansias de ser feliz y he buscado la felicidad por todas partes” (Carta 73). En la misma carta analiza el dónde encontrar esa felicidad, constatando que la gente la busca en “personas, riquezas, lugares, etc.”, pero confesará a su padre que “sólo en Dios” puede estar la felicidad. Por tanto, decide darse s Dios, “solo siendo de El seré feliz, no deseo en el mundo otra cosa que pertenecerle”.

En el Carmelo confesará muchas veces que es feliz, dichosa, que vive una alegría inmensa, y es esa alegría una consecuencia de haber encontrado a Dios. La alegría para Teresita será uno de los frutos más visibles y externos de la intimidad con Dios. La felicidad es fruto de la comunión de amor. Nunca usará la expresión “felicidad” sin hacer relación a Dios, o a Jesús, y a la intimidad que ella vive con él.

LA INTIMIDAD ETERNA, FUENTE DE LA ALEGRÍA

La felicidad para Teresa de lo Andes tiene que ver con el amor a otro, con un tú dispuesto a ese amor, pero a su vez ese amor debe ser totalizante, y eterno. Sólo Dios poder ser ese tú que nunca perderá el amor ni el entusiasmo por ella.

El sentido de trascendencia va a ser muy fuerte en su espiritualidad, ver las cosas a la luz de la eternidad es un don infuso que ha recibido. Su sentido de la eternidad supera con creces el sentido común de la fe, y creemos que ha sido agraciada con alguna gracia particular en esta línea, o al menos con una especial asistencia del “don de ciencia”, viendo todo a la luz de la eternidad.

Teresa de lo Andes no cree en el amor que pasa, que es efímero; para ella el amor tiene por necesidad que ser eterno, continuo, permanente, además que fiel, un amor que no disminuya, que no se enfríe, dice expresamente “un amor que no pierda el entusiasmo”. Teresa quiere un amor eterno, un amor fiel, y un amor que vaya más allá de la muerte, “el sólo hecho de pensar que se pueda morir quien le ame le produce rechazo”. Ella busca permanencia en el amor, ella busca estabilidad en el amor, busca eternidad en el amor.

La añoranza por lo eterno va a ser en este sentido configuradora de toda su espiritualidad. Ella cree en el amor como fuente de felicidad, pero a su vez, dado su fuerte sentido de eternidad no descansará hasta arraigarse en el plano sobrenatural de la fe. Pareciera que de niña tuvo una intuición de que no viviría mucho, o por lo menos, una fuerte intuición de la contingencia del tiempo y de la transitoriedad de las cosas; la felicidad la experimenta desde ese telón de fondo.

Todos tienen sed de amor, pero todos tienen a su vez miedo de amar, y por eso el amor, fuente de felicidad, será un desafío que implique una fidelidad más allá de los miedos. El amor implica un establecerse en la fidelidad, en permanecer uno para el otro, ser parte del otro, ser poseído por el otro, y poseer al otro, no en sentido cosista, sino de mutua pertenencia, y para ello se ha de superar el miedo. En Teresa de los Andes es inseparable la felicidad de la intimidad permanente, y de la mutua compenetración espiritual.

Amor, eternidad, y pertenencia. Creo que estas tres palabras podrían expresar bien la dinámica que permita ir configurando la razón de ser de su felicidad, su raíz, su horizonte, y su expresión más específica. Ahora bien, la felicidad tiene sus matices, matices expresados en el mismo vocabulario teresiano andinense, expresiones como “dicha”, “gozo”, “alegría”, aunque semejantes tienen su propio peso específico. Estas tres expresiones que se van a repetir un sin fin de veces en sus escritos (Diario y Cartas).

Dentro de la terminología de la escatología moderna podemos decir que el “ya escatológico” es representado por “la dicha”. Teresa “ya ha comenzado su cielo”, y ese cielo es “la dicha”, escatología comenzada. Pero, por otro lado, es mucho lo que queda por recibir de amor, y por tanto de felicidad.

Al ir creciendo en el amor va a ir crecimiento simultáneamente la felicidad, en un movimiento que aún no llega a su plenitud, esta última dinámica representaría “el todavía no” de la escatología. La felicidad total queda reservada en su plenitud para la eternidad, pero esa felicidad ya va creciendo día a día, a medida que crece la intimidad de amor. Amor que a su vez ya aquí llena de plenitud y de dicha. Escatología comenzada, la dicha ya aquí y ahora, pero a su vez escatología por realizarse, una felicidad que va “in crescendo”. Solo adquiriendo la madurez total, en el mundo eterno de Dios, se consumará la felicidad total, la escatología final.

ASCÉTICA DE LA INTIMIDAD, CUIDAR LA ALEGRÍA

Soy cada día más feliz”, así escribía Teresa de los Andes a su hermana Rebeca (Carta 159). Esta felicidad contrasta con la “amargura” que siente su hermana por la partida de Teresita al Carmelo. Teresa reprocha a su hermana su actitud infantil, señalándole que “siempre estará amargada” si no sabe liberarse de su susceptibilidad. Esta carta a su hermana nos muestra, aunque de forma indirecta, no sólo la felicidad de Teresa, sino las condiciones que la hacen posible. Condiciones que implicaran una fuerte ascesis y negación de sí misma. Si no aprende a negarse, nunca será feliz, así le replica a su hermana. La alegría, fruto del amor, debe conservarse a través de una vigorosa ascesis de renuncia y desprendimiento. Una ascesis para permanecer en el amor, permanecer en la intimidad, requiere fuerte trabajo interior, pero esta renuncia será siempre respuesta al amor de Dios, nunca su condición. Teresa enseña a su hermana que no crea que permanecer en el amor es fácil, ella “no se ha dado gusto en nada”. La felicidad fruto del amor debe cuidarse, y se cuida con la negación de sí mismo, pero el amor hace posible una renuncia que es, a su vez, coronación de ese mismo amor, “quisiera pusiera los ojos en Jesús crucificado, allí aprenderá a sufrir alegremente” (Carta 143)

Teresa de los Andes gira en torno a la felicidad, pero como fruto de una espiritualidad de la gratuidad que tiene su centro completo en el amor de Dios por ella, amor mostrado en Jesús, “Jesús viene con una cruz, y sobre ella está escrita una sola palabra, amor” (Diario 16). Es ese amor entregado y que busca una respuesta, de donde brota su felicidad.

Entre los dos extremos de concebir la vida, que son la vida de placer o la vida de sufrimientos, se encuentra el camino de la felicidad. La sociedad hoy proclama “la vida sólo es para gozar y pasarlo bien”, pero en Teresa podemos encontrar también su otro extremo, “la vida sólo es para sufrir y luchar” (Carta 158). Pero ¿qué quiere decir una santa como Teresa de los Andes con una expresión como esta, y a su vez seguir afirmando frases como la ya señalada “soy cada día más feliz”?

En el mismo contexto de la carta mencionada, que escribe a su padre, se aclara el sentido de la expresión “la vida sólo es para sufrir y luchar”, así como otras muchas expresiones en esa línea que ella tiene y que pueden confundir en una primera lectura. De hecho, las expresiones más duras sobre el sufrimiento y el dolor, aunque son tomados de un ambiente rigorista y un tanto jansenista, en el contexto de los textos de Teresa de los Andes, conservan pleno sentido humano y evangélico. La misma expresión “la vida es sólo para sufrir y luchar”, muestra en el contexto de la carta el sentido eminente de “consolación­­­. A modo de género apocalíptico que es consolación, y no castigo, aunque la expresión externa conlleve a ese malentendido.

Sabemos que el papá de Teresa fue perdiendo sus bienes y entrando en decadencia económica en forma constante. Teresa consciente de lo humillante que es esta situación para su papá, intenta consolarlo, y le hace ver fríamente que, en realidad, en esta vida suceden estas cosas, y no hay por qué extrañarse, ni sorprenderse, todo lo contrario. Esas situaciones negativas y adversas son algo normal en la vida, en esta vida suceden penas y fracasos.

Los juicios de Teresa a su padre brotan por lo demás de ese fuerte sentido de trascendencia que la empapa, don de ciencia eminente que ha recibido. Viendo todo lo de este mundo completamente relativizado en función de la eternidad, y desde ahí, además, pueden decirse frases totalizantes, abarcadoras y fuertes como las que ella emplea. Por otro lado, en nuestro ejemplo, en la misma carta a su padre le recomienda que “descanse”, “que no pase frío”, que “toma vacaciones en la playa”, y que “confíe en Dios”, ya que, aunque en esta vida se sufre, ello no implica que haya que entregarse a los fracasos y sufrimientos. En este contexto exquisito de consolación vemos como Teresa va madurando un sentido de realidad y de felicidad profundo. La felicidad está más allá de los fracasos y negatividades de este mundo, y también más allá del éxito y goce de los bienes de este.

En este sentido más que una ascética de la mortificación, ella vive una ascética de la intimidad, es sólo en función de mantener la comunión e intimidad con Dios que atravesará el camino de la negación de sí.

PERTENECER A JESÚS, LA ALEGRÍA DE TERESA DE LOS ANDES

Teresita de los Andes no busca el sufrimiento, busca a Jesús, y ha experimentado que en Jesús está la verdadera alegría ya que “el amor a Jesús da alegría” (Carta 128). La alegría para ella va a brotar el amor y de la contemplación de ese amor de Dios (Carta 111). Dios como alegría infinita es una constante en Teresa, “Dios es alegría infinita” (Carta 101), y esa alegría expresa no sólo un momento de la vida cristiana, sino que remite a la vivencia paulina tan conocida y que es expresada en Tesalonicenses “estas siempre alegres, os lo repito, estas siempre alegres” (1 Tes. 5, 16). Teresa dice, “soy la persona más dichosa. No deseo ya nada porque mi ser entero está saciado con el Dios amor” (Carta 110).

La comunión de amor y de intimidad es para ella la fuente primera de su felicidad, “yo soy cada día más feliz, pues como soy de nuestro Señor, El me da la dicha verdadera” (Carta 128). Pero esa dicha tiene como contenido no un amor cualquiera, sino un amor de pertenencia.

Es muy frecuente en los escritos de la Santa escuchar la expresión “soy de Jesús”, “poseo a todo un Dios”. El sentido de ser pertenecida y de pertenencia es increíblemente fuerte en la santa chilena, es sólo desde la posesión del amado, de saberse parte de Dios, y poseedora de Dios, que podrá expresar la cualidad específica de su amor. El amor va más allá de lo afectivo, porque implica un descanso pleno en “la participación” del mismo ser de Dios. La expresión griega “perijóresis”, que la teología una para hablar de “la compenetración” de las personas divinas de una en la otra, podríamos usarla para expresar en forma técnica la realidad espiritual que Teresa describe.

Esta compenetración de uno en el otro no sólo es la fuente de su felicidad, sino que va a permitir comprender la madurez espiritual última que alcanza cuando afirma que “desde el corazón de Jesús ahora alaba y adora a Dios”. Esta preposición “desde” cobra fuerza plena en su experiencia, ya que sólo desde Jesús vivirá todo el misterio trinitario. Solo a partir del Sagrado Corazón, vivirá la participación trinitaria, el “matrimonio espiritual”, “en ese divino corazón he encontrado mi centro y mi morada. Mi vocación es producto de su amor misericordioso…vivamos dentro de ese corazón, para unirnos a sus adoraciones, anonadamientos y reparaciones” (Carta 162)

Sólo desde la experiencia participada de la humanidad de Jesús, “Sagrado Corazón”, podrá Teresa participar de la adoración al Padre (aspecto doxológico), de la kénosis del hijo (aspecto cristológico), y de la reparación (aspecto salvífico y soteriológico). Líneas antes ha confesado en esta carta a su madre que está “llena de alegría por Dios”. Pero esa alegría hemos visto que brota de su participación trinitaria desde la humanidad de Cristo, de su Jesús amado.

ALEGRÍA DE GOZAR A DIOS

El vivir de Dios produce la experiencia del gozo, y ese gozo es anticipo del cielo, ya que en esta misma línea de la intimidad gozosa, Teresa relativiza completamente la muerte, la muerte ha perdido toda su connotación trágica, quedando solo como paso al Padre, como camino al gozo eterno, “felices los que van a gozar de Él” (Carta 163). La eternidad es sinónima no de “visión de Dios”, típica expresión escolástica, un tanto fría, sino de “gozo de Dios”; en el cielo no sólo se ve a Dios, sino que Teresa gozará su comunión. La esencia del cielo teresiano es el encuentro personal, el cielo es relación, es comunión, antes que ser un estado cualquiera, o un mero lugar. Para Teresa de los Andes Dios es presencia, un tú con mayúscula, y el darse a él es el gozo del cielo. Una escatología personal, más que espacial, y una escatología del gozo, antes que de mera visión, una escatología comenzada, ya que el amor ya se ha inaugurado en esta tierra; donde el amor gozoso y alegre ya es el cielo, “si pudieras por un instante sentirte lleno de felicidad, como yo me siento. Créeme que me pregunto a cada momento, si estoy en el cielo, pues me veo envuelta en una atmósfera divina de paz, amor, de luz y de alegría infinita” (Carta 96), “felices los que gozan de Dios” (Carta 163)

No es cualquiera dicha, sino el cielo el que posee. “Aquí en el Carmen, sólo existe Dios. Vivimos anegadas de Él. Es un cielo el que poseo. He principiado esa ocupación de amar y alabar que tendremos en la eternidad” (Carta 136)

Dios no es solo Dios redentor, sino que de verdad Teresa lo asume como Dios creador y “plenificador”, Dios es promesa de felicidad, y ella es testigo de ello; exclama a una amiga, “si pudieras por un instante sentirte lleno de felicidad como yo me siento” (Carta 96), “yo soy cada día mas feliz, pues como soy de nuestro Señor, el me da la dicha verdadera” (Carta 128)

La dicha de poseer toda a Dios expresa de modo claro su escatología comenzada ya que puede gozar de la “íntima unión con Dios ya desde este destierro” (Cata 160). La alegría de la que habla Teresa es una alegría profundísima, “en el fondo del alma” se experimenta esta alegría, y dese ahí fluye hacia las capaz más externas de su persona. Ese hondón más que un pozo estático es una apertura al hondón infinito de Dios, ya que su alegría y gozo actúa en creciente movimiento, “mi felicidad crece y es cada día mayor” (Carta 160).

Poseer a Dios, vivir a Dios, son expresiones que Teresa repite por todas partes, pero esa vida es la “íntima unión” con Dios. Es decir, ha llegado a beber de su propio pozo, y en el se ha encontrado que estaba habitada.

La felicidad es un movimiento centrífugo, de adentro hacia afuera. El cielo es poseer a Dios, el mundo es no poseerlo. En el mundo, en la no posesión de Dios se da el sufrimiento y la desdicha, en el vivir desde el hondón interior se da la felicidad y la dicha. La Felicidad no es tanto cosa de temporalidad, sino de profundidad. Lo mundano será el espacio donde no se da la intimidad.

Teresa de los Andes no se define por su actividad, lo que realiza, sino por su intimidad, lo que es. La felicidad esta ligada al ser, no al hacer, sino al ser y pertenecer a Dios. Y en ese ser para Dios logra palpar a cada instante su presencia íntima. Teresa de los Andes ha hallado su propio centro en este amor, pero esa dicha antropológica brota de su estar arraigada completamente en la intimidad del amor teologal de Dios.

La falta de pertenencia “ser de”, y la falta de donación “ser para” son la causa fundamental, en el pensamiento teresiano andinense, de la falta de felicidad. Y a su vez, la felicidad verdadera solo puede brotar de un corazón que ha encontrado su centro y su morada en Dios mismo. Este acceso a Dios solo puede ser Jesús, “en su sagrado corazón he encontrado mi centro y mi morada”, “desde su corazón alabo y adora a Dios”.

En Jesús encuentro todo lo que podría ambicionar”, “mi única dicha es vivir solo con Jesús” (Carta 157), “me siento feliz de que Jesús sea El (Dios) sea el dueño absoluto de mi ser, de haberle dado todo, hasta mi propia voluntad”. Disfruta de la dicha completa “perteneciendo completamente a Jesús” (Carta 161), “cada día soy más feliz de ser toda de Nuestro Señor” (Carta 150)

Teresa de los andes, claramente, configura una espiritualidad fuertemente evangélica, entregando la buena noticia de Dios como fuente inagotable de alegría.

Dios es alegría infinita” (Carta 101)

(P Cristhian Ogueda Riffo, ocd)

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